El tiroteo registrado ayer en la región de París entre un grupo de pistoleros etarras y gendarmes de la Policía Francesa supone una vuelta de tuerca en el acoso y hostigamiento de la banda en el país vecino. Por primera vez, un policía galo ha muerto asesinado a manos de ETA. La muerte de Jean-Serge Nérin, un agente de 52 años y padre de cuatro hijos, constituye un punto de inflexión en la lucha antiterrorista y debe reafirmar la apuesta del Gobierno galo por hacer de Francia un territorio inhóspito para los activistas de la banda.
Sarkozy dijo ayer que los autores del crimen serán severamente castigados. Y la experiencia de los últimos años dicta que será así. Ya nada será igual para una organización que hasta no hace tantos años consideraba a Francia su santuario, un refugio en el que preparar sus acciones y al que huir después de la comisión de sus atentados. La inacción gala forma parte de un pasado que es mejor no remover.
Francia ya sabe lo que es sufrir el terrorismo de ETA en carne propia y, como señaló ayer Alfredo Pérez Rubalcaba, el asesinato sólo logrará que haya todavía más colaboración entre ambos gobiernos. Algo que incluso ha obligado a la banda a buscar nuevos refugios (las bases desmanteladas en Cataluña y en Portugal) e incluso a cambiar su modo de operar, acercándolo cada vez más al de las bandas organizadas de delincuentes. El tiroteo del martes es un buen ejemplo de esta transformación. Los pistoleros etarras actuaron en grupo para el robo de unos automóviles como lo habría hecho cualquier banda mafiosa que actúa en Europa.
Cada vez tienen menos diferencias, y si hay alguna destacable, es que mientras que los delincuentes son profesionales del hampa en la mayoría de las ocasiones muy experimentados, los etarras son cada vez en mayor número jóvenes fanáticos sin experiencia alguna reclutados de la kale borroka y cuya carrera criminal dura poco tiempo y siempre acaba en el mismo lugar: en la cárcel.
