27
Nov/2011

¡Denuncia al maltratador!

De las once mujeres muertas este año por la violencia machista en Andalucía, sólo tres presentaron denuncia. El miedo sigue siendo un muro infranqueable, la barrera invisible que paraliza a las víctimas y fisura los cimientos de la ley que las protege. Y conste que se podría vencer ese terror si el maltratador amenaza sólo a su pareja, pero cuando el padre avisa con hacerle daño a los hijos todo se torna en gélido silencio. Ahí es donde la frágil cadena que sujeta a las víctimas salta en mil pedazos, dinamitando las denuncias y las leyes. Sólo queda el miedo y el instinto torturado de una madre que se inmola por proteger a sus hijos. El final, ya lo conocemos: una condena perpetua en vida. O la muerte.

Es evidente que los crímenes machistas se mantienen tras seis años de la Ley Integral contra la Violencia. ¿Eso significa que no es efectiva? Los datos hablan por sí solos. En este tiempo, se han registrado 570.000 denuncias por violencia de género en España y se han dictado 150.000 condenas. Casi 200.000 órdenes de alejamiento han sido solicitadas y son contados los casos en los que la protección a las víctimas ha fallado. La ley no es infalible, es incluso mejorable. Pero los números avalan su aprobación, que en el caso de Andalucía se produjo por unanimidad de todos los partidos políticos.

grafismo27El Presidente electo, Mariano Rajoy, ha planteado la necesidad de modificar la norma. Su revisión es lógica y legítima en la búsqueda de un margen de mejora. Pero ha de medir el alcance de su propuesta de incluir a los menores –que ya cuentan con sus propias leyes de protección– como víctimas de una norma tan específica. La ley contra el maltrato está pensada para combatir un tipo de violencia basado en una tradición cultural de trato discriminatorio hacia la mujer; una profunda desigualdad. Por eso no equipara las penas a las mujeres que agreden a sus novios o maridos. Hay esposas que, amparándose en el proteccionismo de la ley, atacan a sus parejas con denuncias falsas. Estos casos, según las estadísticas, son la anécdota frente a la categoría. Aún así, el juez que los detecte, debe actuar de inmediato y aplicar la correspondiente condena. En asunto tan delicado, la demagogia equidistante es la peor compañera de viaje.

Tienen razón los expertos cuando animan a las madres maltratadas a separarse por el bien de los hijos. Y resulta paradójico porque la primera reacción de la mujer suele ser mantener a toda costa la unidad familiar en beneficio de sus vástagos, para que conserven a su padre aunque éste sea un maltratador, sin reparar en los comportamientos inoculados que al final estos proyectarán en su vida diaria. El asunto, sin embargo, es mucho más complejo. Aunque se formalice la separación, ese padre tendrá derecho por sentencia judicial a un régimen de visitas, por lo que a las víctimas les resultará imposible perder el contacto, cambiar de vida, huir….

El último informe hecho público por la Federación de Mujeres Progresistas no dice nada nuevo. Y eso es lo verdaderamente escandaloso. Un 80% de los alumnos de Secundaria sostiene que los celos son una manifestación de amor y que la mujer debe ser sumisa y placentera con el hombre. Las conclusiones de la encuesta evidencian la incapacidad de la sociedad para cambiar la cultura machista y educar en valores de igualdad y, sobre todo, de respeto. Y no es sólo un asunto de educación en las escuelas. Los menores siguen reflejando en la calle comportamientos que aprenden de sus padres. Son un espejo de lo que ven en su casa y de lo que consumen en televisión. En este punto, la autocrítica hacia el papel de los medios de comunicación resulta inevitable, sobre todo hacia aquellos que, a fuerza de librar la batalla de las audiencias, favorecen comportamientos y actitudes que denigran a la mujer y atentan contra la igualdad al tratarla como un objeto.

Vencer al maltratador es una misión colectiva. No podemos permitir bajo ningún concepto que esa heroica tarea descanse en las frágiles manos de la víctima. En ese sentido, el papel de los miembros de su entorno (amigos, vecinos y familiares) se antoja esencial para denunciar situaciones de abuso que de otro modo sólo quedarían registradas en un moratón oculto bajo la ropa. Esos familiares que antes trabajaban para que la pareja siguiera unida son los que ahora deben intervenir para separarla en cuanto se produzca un síntoma de maltrato. El papel de los médicos también debe adquirir un mayor protagonismo para que no sólo sean denunciados los casos en los que exista un parte de lesiones, sino que la fiscalía intervenga cuando, tras la exploración, se perciban indicios de un posible maltrato. Los jueces, por último, son los que, bajo la estricta observancia de la ley, deben emitir sentencias que no sonrojen a la sociedad sino que contribuyan a erradicar comportamientos de abuso por una cultura heredada que hoy supone una atávica injusticia.

Tenemos por delante el enorme desafío de mover las raíces de un modelo machista y patriarcal de convivencia para lograr otra forma de relacionarnos desde el respeto. Esa será la única forma de vivir en paz. Sin miedo.

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