20
Nov/2011

Por qué hay que votar

El Partido Popular se convertirá esta noche, con total probabilidad, en el vencedor de las elecciones. Mariano Rajoy gobernará España ante el hundimiento del PSOE, ahogado por el tsunami de la crisis, aplastado por sus errores y –en la actualidad– por la soga de la deuda soberana que Merkel ha apretado en el cuello de España mientras Alemania se financia gratis.
Rajoy acumulará un poder muy superior al de todos sus antecesores. Las encuestas auguran para los populares unos resultados que jamás habrían imaginado en circunstancias normales. Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha peleado hasta la extenuación para que la derrota socialista sea lo menos cruenta posible, no puede lanzar mensajes de futuro porque rebotan en el muro infranqueable de los cinco millones de parados. Claramente aspirará a liderar la oposición siempre que logre evitar la descomposición interna de su partido y salve –con el apoyo esencial de los socialistas andaluces– el congreso federal donde le espera Carme Chacón. Ése es el escenario.
Si el voto es siempre un estado de ánimo, los españoles decidieron hace tiempo el cambio. Lo que no está claro es que ese giro –legítimo y deseable en una democracia– sea la solución. Más aún, existen serios indicios de que pueda llegar a provocar un notable retroceso en los derechos sociales de todos. La legislatura que le queda por delante a Rajoy es un caramelo envenenado. Tendrá un margen mínimo de intervención ante las imposiciones de los mercados, Europa o Estados Unidos y la presión del dramático nivel de desempleo, incompatible con las expectativas de miles de españoles que ven al virtual Presidente como un Mago Merlín que conoce el antídoto del paro y posee polvos mágicos para reducir el déficit sin subir impuestos ni recortar derechos. La desilusión de todos ellos será pronta y, seguramente, mayúscula.
Es bastante probable que usted esté harto de estar harto y que se sienta con derecho a renegar de la política y de un gobierno que se ha revelado incapaz –como otros en el resto de Europa– de hacer frente a una crisis histórica de la que lograremos salir, pero que dejará en el camino un sinfín de víctimas, entre ellas, posiblemente, usted. Así las cosas, puede que haya decidido quedarse hoy en casa para mostrar su hastío, incluso su desprecio hacia la clase política y sus cacareadas promesas. Pero créame si le digo que ahora, cuando peor estamos es, más que nunca, el tiempo de la política con mayúsculas. España –y sobre todo Europa– necesita con urgencia políticos de nivel, estadistas que miren por los intereses generales sobre los réditos electorales. Ahora que Italia y Grecia están en manos de gobiernos tecnócratas, hay que abanderar el axioma de que saldremos de esta depresión no sólo con más Europa, sino con más democracia. Son los técnicos los que deben ofrecer a los políticos su asesoramiento, pero las decisiones deben tomarlas aquellos que han sido elegidos por el pueblo. Por eso es tan importante que vayamos todos a votar. Impongamos la voluntad del pueblo, no la de los mercados. Y exijamos responsabilidades a los políticos, no a los técnicos.
Rajoy ganará las elecciones. Y resulta paradójico que tantos ciudadanos, identificados con el 15-M en demanda de mayor participación, protección del estado del bienestar y rechazo al capitalismo, vayan a votar en masa a la opción política más liberal y conservadora. Pero la crisis, ésa que nadie supo ver, arrasa con todo y se presenta como una fatalidad poliédrica que no entiende de gobiernos, sólo de dividendos y especulación.
Hemos perdido ya demasiado tiempo. Y es seguro que Rajoy se arrepentirá de no haber apoyado al PSOE cuando en mayo de 2010, Zapatero se inmoló para intentar salvar a España del rescate. El PP pudo arrimar el hombro, pero decidió continuar con su estrategia: desgastar al Gobierno –como posiblemente hubiera hecho el PSOE en la oposición– y taparle todas las salidas hasta dejarlo sin oxígeno. El problema, sin embargo, no es de partidos sino de país. Estamos en emergencia nacional. España vota en un escenario inédito, condicionada por una insoportable sensación de descontrol en toda Europa.
Esta crisis ha derrumbado Atenas y Roma, símbolos de la civilización, como un castillo de naipes. Nos enfrentamos a un monstruo de mil caras teledirigido por jóvenes treintañeros con trajes de 1.500 dólares y corbatas de Hermes. Nos hemos revelado incapaces de consensuar algo tan lógico como imponer una tasa a las transacciones financieras internacionales, esos misiles con los que los mercados bombardean la zona Euro, que ni siquiera tiene escudo en forma de Eurobonos. Lo peor sería meternos en el búnker de la apatía pensando que no se puede hacer nada y no votar “porque no vienen a por mí”, emulando al poema atribuido a Bertol Bretch. Sí que vienen, ya están aquí. Por eso tenemos que empuñar el arma del voto. Votemos en masa y evitemos hacerlo con el sentimiento sobre la razón. Hoy está en juego el estado del bienestar de todos los españoles, el futuro de nuestros hijos ¿En serio dejará que alguien lo decida por usted?

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