Monthly Archives: Septiembre 2011

25
Sep/2011

Esto es lo que hay

Andamos tan ocupados en intentar sobrevivir que apenas percibimos el riesgo que se cierne sobre nuestras cabezas. Estamos tan obsesionados por encontrar un empleo o mantenerlo que casi no percibimos los cañonazos que explotan a nuestro alrededor, quizá porque su rugido nos reventó el tímpano hace meses. La crisis forma parte de nuestro trending topic cotidiano, expresión verbalizada de una angustia que cada vez nos aleja más el palo de la zanahoria en esta macabra noria del capitalismo salvaje. La guerra de los mercados nos ha cogido a todos con el pie cambiado, en paños menores. No hay capacidad humana de digerir la cantidad de acontecimientos de gravedad global que aparecen concatenados en el periódico, la radio y la televisión. Ni siquiera los propios periodistas, que debemos ejercer el noble oficio de traducir la realidad, podemos fijar los pies en el suelo y pararnos a pensar. Estamos tan ocupados arreglando las vías de agua de nuestros barcos, que nos vemos incapaces de elevar la mirada para navegar en el análisis certero de la realidad y la denuncia de tantas injusticias cometidas al abrigo de la crisis mundial. Tampoco andan finos los políticos, empeñados en su delirio en controlar los medios públicos y privados y en creer que sus intereses electorales sobrevivirán a la tormenta que en breve –aunque ellos aún no lo sepan– se los llevará por delante.

300Absolutamente todo está hoy en revisión. Hasta la propia Constitución Española. Cuestiones que hace tan sólo unos meses eran consideradas verdades absolutas se desmoronan ante nuestros ojos como castillos de naipes. Y aún así, seguimos pensando que en breve saldremos del túnel, cuando es sabido que la salida siempre te deja en un lugar diferente. Aún así, la sociedad vive en buena parte anestesiada, con picos de cabreo y desesperación a medida que se va agotando el efecto epidural del optimismo.

Europa, el gran contenedor mundial de las democracias avanzadas, es hoy un viejo órgano desafinado, incapaz de sonar con la grandeza de antaño en las catedrales del mundo. La Unión Europea está enferma. Padece de hipertensión arterial y no se está tomando la pastilla de cada mañana. Mientras no lo haga, seguirán reventándole por dentro las arterias, al borde del infarto económico, del ictus político. Europa tiene que pasar a la acción. Ya no valen las declaraciones de intenciones que no son más que el ibuprofeno que calma unas horas la tensión de los mercados. Los líderes europeos deben dejar ya de actuar como candidatos a la reelección y pensar como estadistas. La Unión debe fusionar realmente sus fortalezas y debilidades económicas para enfrentarse al mundo como una sola voz. Los países miembros deben mancomunar sus políticas económicas y sus criterios de fiscalidad. Es la única forma de acabar con los ataques especulativos que están machacando a Grecia, Portugal, Irlanda, Italia, España… Pero también a los grandes. Porque si a Grecia le va mal, Alemania y Francia se resienten. Salvar el euro no es más que caminar hacia un estado federalista europeo en el que compartamos mucho más. La salida de esta crisis sólo pasa por construir más Europa. Ése es el reto más difícil, hacerlo ahora que todo va mal y que las tensiones hacen a cada estado miembro mirar hacia dentro para lamerse sus heridas en lugar de intentar hacer un torniquete al vecino.

Una cooperativa de países que se financian con eurobonos, una sola voz que compre y venda deuda en nombre de los estados miembros, tendrá fuerza en los mercados. Pero el aval de la marca Europa sólo será posible si todos los países cumplen los criterios mínimos de déficit, condición esencial para que el sistema funcione. Sólo unidos saldremos de ésta y sólo llegaremos fortalecidos al final del camino si Europa es capaz de tejer alianzas estratégicas con América y los países emergentes. Esas nuevas potencias aún tienen mucho que aprender de Europa en el terreno de las libertades, la democracia y los derechos sociales. Por eso pueden llegar a ser gigantes con pies de barro que se desmoronen en cuanto los millones de habitantes que viven en la pobreza y sin derechos se levanten como ocurrió en su día en los regímenes comunistas y recientemente en los países árabes. Europa tiene los cimientos sólidos de la democracia y la lucha contra las desigualdades, un terreno donde no debe retroceder ni un palmo por más que la crisis haga caer en la tentación de recortar el estado del bienestar y la protección de los más débiles. Europa debe avanzar aún más unida manteniendo engrasado su auténtico motor, el de la democracia y las libertades. Sólo así, con más Europa en todos los órdenes será posible salir adelante en los años que nos quedan resumidos con sorna en la frase pronunciada recientemente por un importante empresario: “No os equivoquéis, la crisis ya se ha terminado. Esto es lo que hay”.

18
Sep/2011

Zafarrancho Zoido

Juan Ignacio Zoido ha cumplido los primeros cien días de gobierno después de su apabullante victoria electoral, la más importante en la historia del PP en Sevilla, sin haberse quitado el traje de jefe de la oposición. Tal fue el rechazo acumulado por la anterior coalición y la situación de ahogo provocada por la crisis y el paro en la ciudad que el triunfo de Zoido desató en muchos sevillanos una fiebre idolátrica que sin duda perjudicará a los intereses del regidor, elevado a los altares hispalenses a modo de icónico libertador capaz de acabar de un plumazo con los males que nos atenazan. Y le hace daño porque, como dijo Anatole France, “gobernar quiere decir hacer descontentos”. Zoido tendrá pronto que empezar a pisar callos, si bien apenas ha podido demostrar nada en tres meses muy condicionados por las vacaciones estivales. Con todo, ha cometido ya aciertos y errores que dejan entrever sus maneras. Ha aplicado medidas efectistas complementadas con el permanente lamento por la situación de las arcas municipales y ha iniciado su gobierno como si aún siguiera en la bancada opositora, denunciando con vehemencia –y a veces con sobreactuación– el estado de la caja pública. No se entiende de otro modo que haya calificado de quiebra total la situación financiera del Ayuntamiento y que unos días después se comprometa públicamente a resolver la deuda municipal en un solo año. Y encima con el compromiso de bajar los impuestos. No es creíble.
El efectismo, en cambio, sí le ha generado inputs, sobre todo en materia de limpieza y seguridad. Estos días, pese a las vacaciones, se ha visto en Sevilla más operarios de Lipasam y más policías locales. Y se han llevado a cabo zafarranchos contra los conductores incívicos, los gorrillas, las prostitutas y los mendigos y chabolistas. Estas medidas cuentan con el aplauso de gran parte de los vecinos, pero no pueden ocultar que la obligación de un ayuntamiento no es echar a los más débiles sino disponer los medios para atender a esas personas, en su mayoría víctimas, y favorecer su integración en la sociedad.
El alcalde, en este tiempo, ha formulado una denuncia contra el anterior gobierno cada tres días, evidenciando que aún sigue mirando hacia atrás cuando su victoria electoral ya le obliga a hacerlo hacia adelante. Ha jugado con inteligencia la baza de la proximidad, uno de sus éxitos más palmarios y ha rentabilizado su imagen entre barrios y colectivos tradicionalmente progresistas, aquellos que le han prestado el voto para que Sevilla funcione, como rezaba su lema electoral. Los problemas, sin embargo, le han llegado con asuntos que a priori no debieran habérsele escapado de las manos. Incomprensiblemente, aún no sabemos qué va a pasar con el tráfico en el centro. Zoido prometió que los coches circularían sin problemas, pero ha sustituido las cámaras por policías, generando así un evidente desconcierto entre los sevillanos. En materia urbanística, ha gestionado erróneamente el caso Ikea al parecer que abría la peligrosa puerta de las recalificaciones urbanísticas en la ciudad, un tema tabú de gran influencia en los sectores cualificados. El alcalde también ha demostrado cierta bisoñez en el asunto de las fianzas de los parkings y ha rematado la faena con el nombramiento del comandante José Barranca –que apoyó al defenestrado general Mena– como Defensor del Ciudadano, un puesto que requiere un consenso que a día de hoy no existe ni existirá mientras siga en el cargo. Cada día que pase sin rectificar supondrá un desgaste gratuito para el alcalde.

Zoido también ha empleado este tiempo para utilizar el consistorio como ariete contra la Junta. La carta a Griñán con un alud de reivindicaciones es lógica en un alcalde que mira por su ciudad, pero ni el tono ni la intencionalidad cuadran en un contexto de lealtad institucional en el que deben enmarcarse las relaciones entre el Ayuntamiento y la Junta. Luego ha venido la reclamación de 8,6 millones en deudas al gobierno autonómico y, sobre todo, el Metro. Zoido debe ser tenido en cuenta pero siempre que su actitud sea constructiva y defensora de los intereses de la ciudad, no de los cálculos electorales de cara a las elecciones autonómicas de marzo. Más allá de estas cuestiones, Juan Ignacio Zoido parece estar basando su gobierno en el personalismo, generando incluso desconcierto entre algunos de sus ediles por la evidente acumulación de cargos de otros compañeros. Está bien que un alcalde quiera estar en los asuntos de la ciudad, pero corre el riesgo de abarcar demasiado. Y de exponerse demasiado a los francotiradores sin la protección de su equipo de ediles. Zoido va a por todos los balones y eso le hace más vulnerable en el largo camino que le queda. Por su condición de juez y alcalde ya ha probado en su propia piel el aserto acuñado por Tolstoi de que es más fácil hacer leyes que gobernar. Los zafarranchos están bien en situaciones extraordinarias. Ahora toca decidir y actuar en el día a día. Suerte alcalde, será la nuestra.

11
Sep/2011

Es la educación, idiota

La educación lo es todo, la herramienta más poderosa que existe para combatir las desigualdades. Recortar en educación es hipotecar el futuro. Arrebatarle recursos a la enseñanza significa construir una sociedad más injusta y menos libre. Ya lo dijo Confucio: “Donde hay educación, no hay distinción de clases”. Hasta hoy, la educación pública en España había dejado de ser un problema grave como sí lo fue no hace tantos años. Ahora, sin embargo, se percibe un riesgo cierto de involución que amenaza a uno de los pilares básicos de la sociedad y que se sustancia en salvajes e indisimulados tijeretazos contra el profesorado argumentados bajo el paraguas de la crisis económica. La educación pública en Andalucía ha dado pasos de gigante en este tiempo. Es cierto que aún queda bastante camino por recorrer porque partíamos de un lugar mucho más lejano y olvidado que otras comunidades históricas. En cualquier caso, una simple comparativa con el sistema educativo actual y el anterior deja bien a las claras el progreso logrado. Pese a que la obligatoriedad de la escolarización se fija en los seis años, la práctica totalidad de los niños de tres años cuenta ya con una plaza pública en centros públicos o concertados de calidad. Más aún, tal es la extensión del derecho que los padres y madres andaluces exigen hoy legítimamente una oferta completa de plazas públicas de guardería. Los andaluces consideran hoy la escolarización infantil como una obligación de la administración. Y hacen bien en exigir mayor cobertura y calidad educativa.

editoEl único recorte en Andalucía –así lo recalcó recientemente el consejero de Educación de la Junta, Francisco Álvarez de la Chica–, debe ser el del fracaso escolar, que continúa en niveles inasumibles para una sociedad avanzada como la nuestra. Nos lo recuerda periódicamente el informe PISA, que mide parámetros elementales como la comprensión o la lectura. Por ello, Andalucía no puede permitirse recortar en educación como lamentablemente está ocurriendo en varias comunidades gobernadas por el PP: Madrid, Castilla-La Mancha y Galicia. Aplicar esos ajustes en Andalucía implicaría prescindir de 4.500 de los 40.000 docentes que imparten clase en la comunidad. Crecería el paro, la precariedad educativa y la desmotivación de profesores y alumnos. Un desastre. Aún así, y pese a los esfuerzos del gobierno regional, el sistema educativo público andaluz sigue siendo manifiestamente mejorable. Continúan existiendo aulas con un ratio de alumnos por encima del permitido. Hay profesores que trabajan más de 20 horas lectivas, siguen apareciendo centros con múltiples deficiencias y falta de infraestructuras; hay demasiadas bajas que no se cubren o llegan tarde y muchos profesores han visto sus derechos y retribuciones mermados en los últimos meses. La Junta debe trabajar duro para ir corrigiendo los problemas, pero sería injusto obviar el esfuerzo realizado en Andalucía, donde más allá de mantenerse el profesorado, ha aumentado en 198 docentes para el próximo curso. El problema es que el crecimiento de los alumnos es muy superior al incremento de las plazas de profesores y la crisis y la vuelta de muchos jóvenes parados a los centros educativos ha provocado situaciones límite en áreas como la Formación Profesional, donde el sistema se encuentra prácticamente colapsado por el epectacular incremento de alumnos y la falta de infraestructura y profesorado para acogerlos. Aún así, Andalucía mantiene el tipo en un contexto adverso y con la perspectiva pesimista de unos presupuestos “contractivos”, tal y como anunció esta semana el presidente Griñán.

En estos momentos de zozobra y desconcierto es cuando la bandera de la educación y la sanidad públicas de calidad debe ondear en Andalucía como pilar fundamental del sostenimiento del estado del bienestar. Es fácil en este tiempo caer en la tentación de recortar partidas con la excusa de la austeridad, pero hacerlo en la educación significa apuñalar el corazón de la sociedad, infligir un daño que se extiende en el tiempo y que, posiblemente, se torne irreversible con extrema facilidad, arrasando lo mucho y bueno que se ha conseguido en estos años. El proceso electoral en España y Andalucía está próximo pero los mítines y las promesas ya no tienen la eficacia de antaño. La crisis se las llevó por delante. La gente necesita realidades, confianza. En ese sentido, el mantenimiento y el refuerzo de la educación como motor para combatir la crisis se antoja fundamental para aquel que aspire a gobernar los próximos cuatro años. Se vislumbra una lucha desigual entre Rubalcaba y Rajoy, algo más disputada entre Griñán y Arenas. Los populares, sin embargo, corren el riesgo de aplicar medidas –ya lo hacen en varias comunidades– que atenten contra esas realidades que demanda el ciudadano. Y la educación es una de las principales. Los tijeretazos de las autonomías del PP en la enseñanza pública suponen, además de un daño brutal al estado del bienestar, un serio riesgo para sus expectativas electorales por más que hoy viajen con el viento de cola. Recortar calidad en lo público, en aquello que nos hace iguales, más libres y mejores, antes o después, pasa factura.

03
Sep/2011

Sin plan para el Centro

Aquella reunión tuvo lugar en el Hotel Abba Triana tras la Feria de abril de 2006. Alfredo Sánchez Monteserín citó en secreto Alfonso Rodríguez Gómez de Celis y Manuel Marchena para tomar una decisión trascendental que cambiaría definitivamente el concepto de la movilidad en el centro de Sevilla. El alcalde, el delegado y el gerente de Urbanismo decidían allí si acometían la obra de peatonalización de la Avenida de la Constitución y se implantaba el tranvía como transporte público para conectar el Prado y la Plaza Nueva. Los riesgos eran muchos y el tiempo, extremadamente escaso. Contaban con apenas nueve meses para cortar la Avenida, eliminar el tráfico privado; levantar las catenarias, poner los raíles y cubrir los miles de metros cuadrados de granito. Y además, se aprovechaba para renovar toda la red de conducciones eléctricas y canalizaciones subterráneas. Todo debía estar listo antes de la Semana Santa del año siguiente para no entorpecer la Fiesta Mayor de Sevilla. La decisión de peatonalizar el Centro de Sevilla se tomó en Triana, al otro lado del río. Aquello marcó el inicio de una profunda política de transformación viaria, con avenidas en un único sentido y una regulación de los accesos al centro, iniciativas que venían recogidas en el Plan Integral de Ordenación Viaria de Sevilla (PIOV) avalado por los técnicos y funcionarios municipales desde varios años antes. Todo estaba previsto y se ejecutó, a veces con más errores que aciertos y serios problemas de comunicación y coordinación. Pero se hizo. Aquello suponía en el fondo una nueva mentalidad, un profundo cambio de hábitos en la movilidad de todos los sevillanos. La iniciativa, muy bien intencionada, no era la ideal porque faltaba la red de Metro.

pandeletPero era un comienzo interesante para favorecer que los sevillanos usaran más el transporte público y dejaran el coche en los parkings rotatorios de la corona del casco histórico. El gobierno anterior tenía un plan, un modelo con sus virtudes y defectos, pero modelo al fin y al cabo, impulsado por políticos y avalado por los técnicos. El gobierno actual aún no lo tiene. Ha sido coherente al eliminar el plan porque iba en su programa electoral, pero no puede limitarse a retirar lo que no le gusta. El alcalde está obligado a decirle a los sevillanos cómo regulará los accesos al centro de Sevilla. Pronto se cumplirán tres meses de gobierno y un asunto tan delicado como el de la movilidad no puede ser a día de hoy una incógnita.

El Plan Centro no necesita una comisión de investigación sino una normativa clara consensuada con comerciantes y residentes para hacerles la vida más fácil. Y la alternativa provisional que ha puesto en marcha el Ayuntamiento es contradictoria. Zoido prometió abrir el centro a los sevillanos, pero los conductores tienen la sensación de que las sanciones que impone la Policía Local en varios accesos son un método aún más radical que el plan vigente en la anterior corporación. Cientos de sevillanos que viven o trabajan en el centro están hoy desconcertados con la política municipal. Algunas asociaciones tienen la certeza de que lo que se ha hecho ha sido cerrar por completo la zona comercial y permitir que vuelva a estar masificada la zona residencial. La zona azul y algunos aparcamientos subterráneos conviven con señales restrictivas de la circulación que son absolutamente contradictorias. Urge que el alcalde haga público su modelo. Los sevillanos ya saben lo que Zoido no quiere en el centro. Ahora exigen saber qué es lo que quiere, qué piensa hacer. Eso es más urgente que cualquier comisión de investigación, más aún cuando es inminente el arranque del curso escolar y la movilidad de coches y autobuses debe estar garantizada.

La iniciativa anterior tenía fallos y era manifiestamente mejorable, pero suponía un comienzo interesante. El Gobierno Local, que en breve comenzará a rentabilizar muchos de los proyectos ‘heredados’ de la anterior corporación como los pasos subterráneos, no debe renunciar a un sistema de cámaras cuya instalación se acerca al millón de euros y que tiene una reutilización más que dudosa para otros cometidos. Hoy, policías municipales están haciendo el trabajo de unas cámaras que han estado funcionando correctamente durante todo este tiempo. Así al menos lo aseguró la Intervención Municipal y lo avalaron hasta seis funcionarios. Zoido no cuenta con una varita mágica, pero además de bonhomía, tiene sentido común. Si eleva la mirada, se dará cuenta de que puede hacer un plan centro con un sistema avalado por los técnicos que reutilice las inversiones realizadas previamente. Otros alcaldes del Partido Popular lo están haciendo e incluso tomaron a Sevilla como ejemplo. La movilidad es un asunto tremendamente delicado y no da rentabilidad política de un día para otro. Decisiones que se toman hoy pueden dar sus frutos en años. Pero no podemos dar pasos atrás. Tan sólo hace unos meses, la Avenida era una vía fea y peligrosa, un foco de contaminación que asfixiaba a la Catedral. Zoido es ahora el alcalde de todos y debe buscar la mejor solución. Y los tiempos de crisis obligan a hacerlo con austeridad y contando con los recursos a disposición del consistorio. Pero sobre todo, debe hacerlo ya. Para que se vea que gobierna y, sobre todo, que tiene un modelo. Estamos deseando conocerlo.