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Cuba sin libertad

Que mi padre y mi abuelo fueran cubanos de nacimiento no me da especial autoridad para hablar de la isla caribe pero me permite hacerlo desde el afecto a la tierra de los mÍos.

He visto Cuba con prismas diferentes. La templada actitud ciudadana ante la adversidad en el periodo especial. El absurdo bloqueo comercial norteamericano. El orgullo nacional viviendo con casi ningún bienestar material. En cualquiera de esas visiones de Cuba todas conviven con un denominador común: la falta de libertad.
Los excesos reglamentistas tan toscos, inseparables de una dictadura. Las tonterías doctrinarias que plantean el falso dilema de Patria o Muerte en la exaltación del líder que sigue invitando a la resistencia como si el asalto al cuartel de Moncada estuviera pendiente. La pérdida de sentido de una lucha inacabable para conseguir no-se-sabe-qué. Mientras la gente ve pasar sus vidas con carencia de cosas elementales de una sociedad moderna. La pelea por un galón de gasolina como si fuese una aspiración inalcanzable. La ausencia de bienes esenciales a que todos tienen derecho. Y encima o por eso sin libertad ni para decir lo que uno piensa. Para leer un libro sin censura. Ni para protestar por las arbitrariedades de un régimen cuartelero y sus corruptelas.

La democracia no es un lujo burgués sino el sistema más justo ideado para ordenar una sociedad, garantizar derechos y buscar el bien común sin paternalismos. No procede, a estas alturas, perder el tiempo analizando la legitimidad de origen de la revolución cubana pero lo que es evidente es que carece de legitimidad de ejercicio. Ni la razón de estado ni el dogmatismo pueden actuar de calzador para meter el pie en un zapato en el que no cabe.
La maravillosa isla de Cuba, con su historia tan brillante y su pueblo irreductible, no merece el castigo que le ha sido impuesto por unos pocos, consistente en no dejarles en paz. La invocación oficialista del monstruo capitalista y explotador es tan solo un pretexto, un espantajo para privar a los cubanos de la libertad de decidir y de vivir. Y la gerontocracia cubana con el rittornello de la revolución pendiente.

España y sus baúles

De Gaulle se lamentaba de la dificultad de gobernar en un país, Francia, con tantas variedades de quesos.
Eso no es nada comparado con la dificultad de hacerlo aquí; un país lleno de baúles y de armarios repletos de viejos uniformes y de cadáveres. Ya se sabe que en España nadie tira nada. Lo guardan para que las nuevas generaciones tengan que cargar con ellas o prenderle fuego. Lo primero solo persigue que las tradiciones y el pasado, tan pesado, no permita correr mucho hacia adelante. De tiempo en tiempo, los españoles se ponen a quemar cosas, matar gente o tirar por la ventana su pasado. Tenemos un currículum acreditado de magnicidios, guerras civiles, pronunciamientos militares o cruzadas en nombre de dios.

Los baúles de la historia de España guardan hasta el puñal del godo. Por cierto, siempre me he preguntado si los conmilitones de la dictadura guardan en el armario sus chaquetas blancas, las boinas rojas y las camisas azules con cinco flechas en el corazón.

Incluso en mi caso que no soy sospechoso, tengo mi título de Derecho con el aguilucho y expedido por el jefe del estado, el generalísimo. Ya no estoy para presentar curricula pero si me piden el título pongo encima de la mesa la simbología franquista en todo su esplendor. No es cosa de tirarlo. Lo mío es necesidad pero nadie tira sus blasones aunque estén manchados con sangre de otros españoles. Estoy en la metáfora. Pero solo descargamos nuestro pasado a golpes de sable.

Así ha sido hasta el 77. Pero ¿cómo van a arreglar sus cuentas los nuevos españoles que nacieron siendo libres y demócratas? lo mejor será que no estemos ya los que guardamos memoria reciente del tremendo pasado de nuestra patria. Por eso los políticos cantonales, que son muchos, practican el revisionismo histórico, la impostura del pasado inventando uno diferente del que fue. Corolario de esto es el adanismo político. Es decir, creerse que eres el primer hombre que llega a la tierra, sin pasado. Aprender a respetarlo sin que te sepulten en él, es la clave para vivir y no tener que borrarlo a mandobles para aligerar de peso los baúles.

El anuncio de Monteseirín

El alcalde de Sevilla acaba de anunciar que desea poner término a esta etapa de su vida política. Tiempo habrá de analizar sus causas y consecuencias políticas. Lo que sería deseable es que esta decisión, si se confirma, permitiera elaborar análisis serenos sobre su aportación al bienestar de los sevillanos y al progreso de Sevilla.
Tuvieron que pasar años para que se reconocieran las luces de los gobiernos de Felipe Gonzalez, de las sombras se habían ocupado con ahínco con anterioridad. Lo mismo le ha pasado a Rodríguez de la Borbolla, cuya dimensión política y personal es de general reconocimiento después de años de críticas.

Los errores de Monteseirín, reales o no, han sido aireados, magnificados y censurados sin contemplaciones. Esa parte de su biografía ya tiene glosas sobradas, lo que queda es analizar y, nobleza obliga, reconocer lo bueno que haya hecho. Pero me parece que es pronto para eso. La inercia que analiza su gestión como “el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno” tiene recorrido. La naturaleza humana es así, de suyo proclive a lo cicatero. Máxime cuando unas cercanas elecciones han de dirimir el futuro gobierno municipal. Y es ley de la política que no se dé “al enemigo ni agua”.

Tiempo habrá para hacerlo. Pero no será posible ni entendible deshacer lo hecho aunque accedan al gobierno los que ahora están en la oposición. Y el tiempo dirá cuanto han engrandecido a la ciudad esas “obras”. Hay cronistas sevillanos intragables que han hecho gracietas descalificatorias a cuenta del “buenismo” del Alcalde. Se trata de unos sujetos irrelevantes.

No estoy para hagiografías ni para ditirambos aunque es evidente que le tengo aprecio personal a Monteseirín. Y creo que con lo difícil que es la administración de lo local ha sido un servidor público ambicioso y cabal, dispuesto a agitar el estanque adormecido en que suele bañarse esta ciudad y la ha transformado en profundidad. Lo que comprendo moleste a quienes defiendan el quietismo. Monteseirín está a la altura de Sevilla y será bueno que sus adversarios también lo estén.

La opción de Griñán

La política se rige por leyes de hierro que funcionan de forma inexorable. Una de ellas es que el poder solo admite una cabeza. A mí me parece que el diunvirato o el triunvirato no es mal sistema, pero lo cierto es que no funciona. Es verdad que algunos llevan al límite esta ley y se libran hasta de los que pueden aspirar a sucederle. Pero esa práctica tan corriente no está entre las leyes de la política sino entre las manifestaciones de la miseria intelectual.

A estas alturas parece que ha quedado claro que el PSOE ha optado sin ambigüedades por Griñán como presidente de la Junta de Andalucía y lo ha hecho con un procedimiento impecable liderado por Chaves. No era fácil abordar esta cuestión que se iba haciendo cada vez más acuciante. Pero ese cambio conducía a otro que va a producirse en marzo. El presidente Griñán va a ser el líder orgánico de los socialistas andaluces. Si el proceso se culmina con la prudencia (no confundir con la parsimonia) con la que se remodele el gobierno, la máquina electoral socialista solo tendrá que preocuparse de fijar un mensaje claro y difundirlo que no es poco. O dicho de otro modo, deberán dedicarse tan solo a captar el voto para su partido sin perder energías en esas tareas que llenan páginas de periódicos pero vacían las urnas. La eterna función de quitar y poner gente.

La decisión del presidente Griñán de liderar toda la política de su partido solo tiene una lectura en clave electoral: que acepta el envite con todas sus consecuencias y que tiene la energía necesaria. No hay nada que infunda más desconfianza que un candidato que no se ponga de frente sino que aparezca en la escena de perfil.

Hay un montón de ejemplos que Griñán y su partido han debido tener en la cabeza para dar este paso. Para que nadie piense que es un transeúnte

Lo cómodo podría haber sido dejar esta cuestión para más adelante pero, una vez puestos, la decisión alcanzada debe conseguir orden interno y, sin duda, convencer al electorado de que la renovación proclamada no es nominal ni epidérmica. Cuando el cambio no solo es un mensaje sino una exigencia social.

Cádiz, estado de gracia

En Cádiz, como en todas partes, hay chuflas que son esos que le ríen las gracias al columnista del gato. Y a los que les hacen gracia sus ocurrencias de parvenu.

Pero a poco que se traspase esa cáscara podremos comprobar que los bisabuelos de un montón de gaditanos estaban en sus cafés cuando los diputados doceañistas discutían la Constitución del 12. Por cierto, que no acabo de entender ese apodo de “la Pepa” que ni tiene rigor ni raigambre y que es algo así como un chistecito del gracioso de turno que cree que en Cádiz todo es un cachondeito de ociosos crónicos.

Me he pasado media infancia recordando la advertencia de mi padre cada vez que cruzábamos el portal de Augusto Conte en la Alameda casi esquina con la calle Buenos Aires. “ahí arriba está la mejor biblioteca privada de Cádiz, una de las mejores del mundo para comprender la historia colombina”. Los herederos se la vendieron a la caja de ahorros.

Es verdad que en Cádiz hay un sentido del humor del que no son siquiera conscientes los propios gaditanos. Probablemente no saben que su humor es el destilado de gente culta, emprendedora, que sabía ingles en el siglo XIX y que tenían familia en la Montaña y en Santiago de Cuba.

No hay aristócratas, salvo excepciones, en la prosapia gaditana. Hay políticos, buenos (hablo del pasado), hay intelectuales, poetas, músicos, comerciantes, mecenas y clérigos a medio camino entre Dios y lo terreno. Y masones, muchos y de toda laya.

Y con pasta se fue modelando el carácter del gaditano hasta que la ruina de Echevarrieta certificara la crisis económica iniciada en el 98 y que no ha parado hasta la fecha.

Como se sabe, nada es lo que era…ni Cádiz. Pero deterioro aparte, basta dejarse llevar por el dédalo de sus calles siguiendo a las chirigotas llamadas “ilegales” (otra ironía) para comprobar la pervivencia de su humor quasi-surrealista, sardónico, autocrítico e irreverente. Unas monjas posesas, unos tíos hartos de comer llenos de migas por la pechera, unos paracaidistas recién aterrizados, o unos colgaos sin atuendo. Y cada uno con sus coplas. Realmente ingeniosas. Pero ahí no hay chuflas ni grasiosos de importación.

Magistrados indeseables contra Garzón

No acostumbro a pensar, como otros, que España vive un clima parecido al que acabó provocando una guerra civil. Así parece deducirse del grado de agresividad que se vive en determinadas emisoras de radio o en muy conocidas redacciones de periódicos. Si hacemos caso a lo que se habla en comidas de ilustres conspiradores, España estaría al límite de lo que puede aguantar el sistema.

Pero la lectura de las resoluciones judiciales y la conducta de los miembros de la Comisión Permanente de CGPJ sobre el juez Garzón revisten una extrema gravedad.

No es que se haya admitido una querella instada por grupos fascistas o por un par de abogados especialistas en el acoso a jueces demócratas. Es que la conducta del juez instructor, de la sala del Supremo y del órgano de los jueces arroja sobre la credibilidad y prestigio de la Justicia española una inquietante mancha que compromete seriamente la confianza ciudadana en la independencia judicial.

La tranquilidad de que los jueces están ahí para abortar, en última instancia, cualquier abuso, injusticia política o administrativa o cualquier intento de atentado a los derechos fundamentales queda en entredicho viendo lo que están haciendo unos magistrados con Garzón.

Que un juez tenga que afrontar un juicio viciado desde su origen por una acusación de un sindicato de ultraderecha o un grupúsculo de la Falange porque se pone a investigar los crímenes del franquismo es duro de tragar. Pero que unos magistrados prejuzguen en un auto que parece una sentencia y otros compañeros se planteen de forma inaudita la suspensión cautelar del juez solo permite deducir que una gente indeseable, fascista, de ultraderecha se ha apoderado de la voluntad de los que así actúan.

No creo en las conjuras pero mi confianza en esta justicia es mínima y no considero deseables a esos sujetos. No creo que la democracia española deba tolerar que se sienten en la bancada de Tribunal Supremo y otras sedes judiciales gente como la que ha urdido esta venganza contra Garzón. Basta mirar los asuntos que ha instruido para saber qué pretenden.

En la muerte del servidor público

La muerte tan inesperada y por ello tan especialmente triste de Juan Escámez, me llena de reflexiones sobre el hombre desaparecido y sobre el político honesto que fue.
En su larga trayectoria profesional cuantos tuvimos algún contacto con él podemos decir que era un tipo discreto y afable, testigo reservado de tantos entresijos de la política que vimos lógico aunque con sorpresa su salto a ella.
Pero no dejó al Presidente Chaves por una poltrona cómoda sino que se fue a Sanlucar a la actividad más difícil, a mi juicio, de la política. Lo eligieron Alcalde. La política local representa de forma muy ajustada lo que es el trabajo de un servidor público.
Mi vida política fue cortita y más bien regular pero de lo que guardo mejor recuerdo es de mi paso por el Ayuntamiento de Cádiz, como concejal raso. Allí te enfrentabas con los problemas cotidianos y perentorios de la gente. Y cuando se decidía cambiar el sentido del tráfico de una calle o reponer un banco sabías que estabas buscando el bienestar de ciudadanos que casi conocías por su nombre.
Escámez se marcha dejando desolada a su familia, a sus amigos y compañeros de partido, con el reconocimiento de sus adversarios y la huella imborrable de su esfuerzo y dedicación entre sus conciudadanos.
La política que es tan desagradable en tantas ocasiones se ennoblece en el recuerdo del servidor prudente y bienintencionado. Los políticos sufren habitualmente la incomprensión social y reciben críticas como si esta noble tarea fuera una especie de función parásita y lucrativa. En la muerte del político noble podemos ver el espejo que nos refleja a todos los demás.
Es dura la política. Duro gobernar y, más si cabe, estar en la oposición. Estos se levantan cada mañana con la difícil tarea de hacer algo útil, proponer algo que sirva y que vaya más allá de la oposición sistemática a lo que hacen los que gobiernan. Y estos últimos tienen que intentar resolver los problemas de la gente entre descalificaciones y empujones, con escasez de medios y la incomprensión de los ciudadanos y los grupos mediáticos. Una noble y valiosa actividad.

Leer bien las encuestas

Las encuestas tienen una parte de propaganda y otra de reflejo fiel del estado de opinión de la gente. Para lo primero los afectados se quedan con el dato más simple y favorable posible con el que montar la estrategia de aprovechamiento del éxito. Pero lo interesante de las encuestas suele encontrarse en su interior cruzando los datos más complejos que ofrecen. La que acaba de publicar IESA ha formado un tormentón con fuerte aparato eléctrico. Y una cosa es lo que se dice en público para la parroquia y otra distinta lo que se debate en los cuarteles generales. En ellos se analiza sin maquillaje lo que realmente pasa.

Y de los movimientos tácticos y estratégicos de los partidos se deduce claramente que todos han leído correctamente la encuesta. Que esto no es una playa y que la sociedad andaluza se mueve pero no mucho. Manda señales que el político debe saber interpretar sin euforias ni pánico, según vengan las cosas. Sería tan erróneo pensar que hay un designio que impide gobernar al PP en Andalucía como creer que las sociedades maduras, y esta lo es, dan tumbos pasando del blanco al negro de un día para otro porque sí, porque toca.

Que la cuestión económica está detrás del movimiento de mayorías es evidente. Pero no sé si habrán reparado ustedes en algo curioso. Cuando se pregunta por la situación económica de Andalucía una mayoría opina que es mala o muy mala. Pero cuando se pregunta por su situación personal la mayoría considera que es buena. Es decir, que la cosa no está tan mal como el ánimo de la gente. Y es más fácil recuperar la confianza de la gente con liderazgos claros. Ahí hay un escenario abierto para responder a lo que esperan los andaluces. Y eso vale tanto para el gobierno como para la oposición.

Así las cosas, salvo los que demonizan a uno u otro, cruzamos el ecuador de la legislatura con un presidente del Gobierno que será un candidato fuerte con dos años de gobierno (que es mucho) y un aspirante del PP que es un viejo conocido de la ciudadanía a quien corresponde convencer de que el cambio no tiene que ser un terremoto. Y eso es lo difícil.

TVE sigue líder sin anuncios

Para mi sorpresa la gente ha acogido con normalidad, más aún, con satisfacción la medida de suprimir las emisiones publicitarias de TVE. Aún es pronto para saber si esa tendencia al alza se va a mantener o es un fenómeno pasajero. Pero, a día de hoy, los que temíamos que la ausencia de publicidad conduciría a la televisión pública a la marginalidad nos estamos equivocando.
En realidad lo que temíamos es que la merma de ingresos que la medida supone, condujera a una pérdida de liderazgo y no ha sido así. El modelo del Gobierno esta lleno de incógnitas que acabarán dilucidándose en Bruselas pero a mí, por lo menos, me han dado una lección aunque esté en ese medio y me creyera con mejor análisis sobre la cuestión. El Gobierno ha adoptado con arrojo y sin mucha meditación, la verdad, una decisión que a la larga supone un cambio de modelo de la televisión en España y con ello, un cambio de los hábitos de consumo de los ciudadanos. Y este cambio solo es la antesala de lo que va a pasar en cuanto se generalice la implantación de la TDT y mucho más cuando converjan TV e internet en una sola pantalla.
Pero la televisión pública se enfrenta con la tarea de legitimarse con una programación de calidad, entretenida, y preocupada por elevar el nivel de los ciudadanos y no darle vísceras en directo como hace la competencia privada. Y parece que a la gente le gusta ver una programación sin cortes desesperantes para la emisión de anuncios. Y cuando se generalice el uso de aparatos que permiten hacer pausas en el directo ya nadie podrá quejarse de que no puede levantarse del sofá sin perder el hilo del programa.
Lo deseable es que la gente siga confiando en los informativos de la televisión pública que les ofrezca información de rigor. Pero si huye de ella para ver otros programas en la hora del entretenimiento no es tan grave la cosa. Y sin bazofia se puede hacer televisión. Aunque alguna vez he sostenido que los anuncios también son un servicio de interés general, todo parece indicar que las televisiones públicas autonómicas y locales van a seguir el mismo camino de TVE y desde ese momento el cambio será de mucha complejidad y provocará grandes cambios. Hay que ir preparándose.

Periodistas condenados y absueltos

Ninguna sociedad democrática puede permitirse el lujo de ponerle trampas al ejercicio de la libertad de información, de prensa. Son tantos los derechos que dependen de que haya una prensa libre y periodistas libres que resulta implanteable que se encuentren recovecos para criminalizar su ejercicio.
Lo que hay que pedirle a un periodista y al medio es que digan la verdad. Que nutran sus crónicas con ella y no con especulaciones cuya intención oculta sea mentir. Es la única garantía que tenemos los ciudadanos de que no vamos a ser víctimas de campañas de descrédito, de venganzas políticas o personales y de amenazas de extorsión que se basen en el miedo a verse descuartizado en público.
Es mucho el poder de la prensa. Es tan corrosivo el efecto del “calumnia que algo queda” que el periodista debe saber que es ese el límite que no puede traspasar. Hay medios especializados en tratar de poner y quitar gobiernos. De lanzar o hundir carreras políticas o privadas. Son un elemento más del paisaje de una sociedad democrática.
Puede ser molesto pero en este tema ha de estarse del lado de la libertad. Y aunque la Jurisprudencia Constitucional española sea rotunda en cuanto a la prevalencia del derecho a la información sobre otros derechos como la intimidad, la propia imagen, etc., sólo puede concebirse esta prioridad si lo que sale en la prensa es la verdad rigurosa.
Ahí sí que tienen los tribunales una tarea ardua de protección del ciudadano que sufra a la prensa que mienta. Ahí sí que merecería introducir reformas que dieran respuesta rápida a las causas judiciales que en numerosas ocasiones cuando se resuelven ya resulta inútil la rectificación y la reparación del daño causado.
El rigor de la Justicia debe garantizarnos a todos que las mentiras no quedan impunes. Que no se puede ir con una pluma disparando sin respeto a la verdad, arrollando biografías y arruinando prestigios públicos o privados, basados en meras conjeturas. Para todo lo demás el periodista debe ser respetado y protegida su tarea.
Lo que resultaría inquietante es que la Justicia condene a quienes digan la verdad y absuelva a quienes la retuerzan.