Entender el idioma sevillano para quien no ha nacido aquí es tan complicado como aprender cualquier otra lengua extranjera. Y aunque uno crea que es bilingüe nunca se acaba de dominar. Comprender esta ciudad, llegar a captar sus entresijos es tarea muy difícil. Y lo más lioso es que siendo una ciudad poliédrica tiene caras ocultas, como la luna, y solo deja ver, habitualmente, pocas de las múltiples facetas de su fisonomía.

Y una de estas facetas más incomprensible es cierta tendencia al descontento por todo lo vivo, lo que se desarrolla en el presente. Lo muerto, el pasado, es venerado al extremo que les gusta hasta su historia negra. Quitarle aquí una calle a un militarón fallecido molesta tanto o menos que pretender dársela a glorias locales vivas.

No estoy hablando de política. La oposición local está en lo suyo y no tienen muchos más espacios para ejercerla que meter el dedo en la llaga ante cualquier asunto que les de la visibilidad política que necesitan para llegar al gobierno. Y cuando lo consigan las tornas cambiarán y los contrarios harán, más o menos, lo mismo.
Lo que me resulta no solo incomprensible sino harto molesto es esa oposición vicaria, quejumbrosa, nostálgica y pringosa que ejercen los líderes tribales de la ciudad; comentaristas, contertulios de lo local, aspirantes a regidores y demás. Incluso los que en otros ámbitos se sitúan en el espacio progresista en cuanto se ponen a hablar de Sevilla, desprenden un aroma a moho, a incienso y a naftalina. Hacen un ruido a enaguas sacras, a fru-fru de seda cardenalicia, a chatarra.

Toda esta gente desprende una sensación de malestar general por la ciudad en que viven que les parece destrozada, desnaturalizada, en la ruina moral, social, política y económica. Todo va mal. La ciudad está fea, según su óptica deformante. Es irrecuperable.
Resulta curioso pero Sevilla nos gusta más a nosotros los extraños que a esta gente, transida de dolor hispalense. Y cada vez que voy por ahí fuera la gente me alaba lo que aquí critican esos y me envidia por vivir en Sevilla, con razón.