Archive for Noviembre 2011
El barómetro de opinión pública presentado por el Instituto de Estudios Sociales de Andalucía (IESA) admite múltiples lecturas según sea el signo ideológico de quien las haga. Desde la perspectiva del PP, implica la ratificación de las decenas de encuestas que han predicho sus victorias de las municipales y las generales y que anticipan el canto del bingo en las autonómicas de marzo. Más de diez puntos de diferencia con el PSOE garantizan una mayoría absoluta holgada, con márgenes para resistir un hipotético remonte de los socialistas. Sin embargo, desde la parte contraria, también hay motivos para concluir lo contrario que el PP. El trabajo de campo de este estudio se hizo entre septiembre y octubre y dio los mencionados 10,4 puntos de diferencia, una desventaja que se ha recortado casi en dos puntos en solo un mes, si nos atenemos a los resultados del 20-N en Andalucía. Dicho esto, lo que sí que va más allá de esta disputa es un dato que sí que debiera preocupar más que mucho a los socialistas: el 72% de los andaluces consultados desea un cambio político y solo un 17% prefiere que todo se quede como está. Ahí sí que tiene tajo el PSOE. Queda saber si también lo que tendrá es algo de tiempo para revertir esta tendencia.
Juan Ignacio Zoido no da puntada sin hilo ni aunque lleve una raqueta en la mano y con la otra salude a la grada. Será por esto por lo que uno piensa que detrás de sus imágenes peloteando en la pista de la Davis en la Cartuja hay algo más que un desaforado afán por ser el novio en todas las bodas. Si Zoido es hoy alcalde es, entre otras cuestiones, porque se ha revelado cálido con los miles de ciudadanos a los que es capaz de estamparle un abrazo saludándole por su nombre de pila y preguntándole por los estudios de sus hijos. Su cercanía ha roto estereotipos y tópicos hasta encumbrarlo a la Alcaldía. Pues bien, ya sea por una mera cuestión estratégica o simplemente porque es su manera de ser, lo cierto es que ahora que ha logrado su objetivo, Zoido no se ha retraído en su despacho para ahogarse en una maraña de papeles. Sigue empecinado en parecer el más amigable entre los amigables, y eso le lleva a visitar hasta la última verbena o a montar tal campaña mediática con la Davis que cualquiera diría que la ensaladera que disputarán Nadal y los suyos es la tabla de los Diez Mandamientos. Perfecto. No montemos un drama por esto. Pero reconozcamos que ahí es donde el alcalde corre un cierto peligro. Zoido va a por todo lo que se mueve, como si el mañana no existiera, y en ese intento de estar en todo se deja llevar hasta tal punto por la desmesura que si un día lo vemos disfrazado de buzo por la celebración de un campeonato subacuático nos parecerá hasta normal. Igual es lo que hay que hacer y Zoido logra salir elegido ad aeternum alcalde de la ciudad, pero convendremos todos en que es al menos discutible que éste sea el sentido de la medida, la proporción, la imagen y el equilibrio que se le presupone al alcalde de la tercera ciudad de España.
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Aluminosis en la fortaleza socialista sevillana
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Sevilla ha deparado sensaciones sorprendentes tras el 20-N: quien debería estar conteniendo la euforia (PP) bebe la amargura de haberse quedado en las puertas del sorpasso definitivo, mientras que quien habría de preocuparse de cómo detener esta caída en los abismos (PSOE) se enorgullece de haberse erigido en un Alcázar que no se rinde ante las huestes conservadoras. Nada más ejemplificador de esto que la intervención un tanto alucinógena y egocéntrica de Alfonso Guerra en la que se vanagloriaba de los resultados en Sevilla la misma noche en que los socialistas digerían su peor derrota en la historia de la democracia.
El PSOE de Sevilla tiene razones para sentir una relativísima satisfacción. Ha resistido en la provincia en las peores circunstancias imaginables y, frente al desastre sísmico de provincias como por ejemplo Málaga o Almería, ha demostrado supuestamente que hay modos para frenar la previsible mayoría absoluta del PP en las autonómicas de marzo.
Pero cuidado, que el análisis también detecta aluminosis en la fortaleza sevillana de los socialistas. Pese a lo que se pueda decir desde el PSOE que encabeza José Antonio Viera, lo cierto es que unas elecciones en las que se pierden 184.905 votos con respecto a las anteriores generales y en las que el PP recorta la ventaja que le llevaba el PSOE de 26 puntos a solo tres no puede tildarse precisamente de victoria homérica, pues en Sevilla tampoco se ha puesto freno al avance del Partido Popular, que pasa de ser la tercera fuerza de la provincia (eso sí que no era normal) a estar sólo a casi 30.000 votos de los primeros.
Además, la huida del voto socialista hacia otras formaciones no solamente favorece a Izquierda Unida (25.507 votos; apenas unos mil más que en 2008) sino que ha terminado por darle vida también en Sevilla a una formación como UPyD, que ha capitalizado el descontento de las clases medias y urbanas y metropolitanas irritadas con el PSOE, pero incapaces ideológicamente (y casi genéticamente) de darle su voto al Partido Popular.
Este trasvase evidente de votos del PSOE a la minusvalorada UPyD tiene una importancia añadida. Si el resultado de las autonómicas fuera similar en Sevilla al de las generales, el reparto de los 18 escaños que representan a la provincia en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas sería el siguiente: ocho escaños para el PSOE, ocho para el PP, uno para IU y otro para UPyD. Es decir, que el partido de Rosa Díez entraría en la Cámara andaluza (tendría también otro diputado en Málaga) y rompería el esquema clásico de análisis con el que se ha venido trabajando hasta ahora, que no es otro que el que señala que sólo hay dos opciones reales de Gobierno en Andalucía a partir de marzo: o gobierna el PP gracias a su mayoría absoluta o lo hace el PSOE con el apoyo de IU. Pues bien, igual hay una tercera opción: que gobierne el partido que apoye UPyD, que no parece que fuera a ser el PSOE.
Así pues, hay partido, pero no se puede decir con tanta ligereza que el PSOE de Sevilla ha logrado ser una gran referencia para el conjunto de su militancia. Los números reflejan su victoria, pero también traslucen mensajes muy muy preocupantes para los socialistas, que pueden terminar perdiendo también la provincia de Sevilla, y con ella la mismísima Junta de Andalucía, si se mantiene la tendencia reflejada en estas dos últimas elecciones.
Una de las cualidades que adornan la personalidad de Ángela Merkel es incontestable: su testarudez. Ayer nos lo volvía a demostrar con una oposición enérgica y descargada de matices a los eurobonos, ese aval que sirve para que si un país no satisface sus deudas, el resto de naciones de la Unión Europea la paguen por él. Eso tranquilizaría a los mercados, pero Merkel no está por la labor de darles su bendición. Y no deja de ser comprensible. Desde que estalló la crisis de deuda, su partido no hace más que perder elección tras elección por la percepción consolidada entre los alemanes de que son ellos los que están pagando los excesos de sus socios europeos, cuando encima ellos mismos llevan ya unos cuantos años ajustando sus gastos. Se entiende. A mí tampoco me gustaría que me obligaran no sólo a darle dinero a un vecino, sino a comprometerme además a hacerme cargo de sus deudas si éste se declara incapaz de asumir sus cuentas. Pero el problema, por desgracia, es que si el vecino va a la quiebra, todos nosotros también nos vamos con él. Y esto, en el caso de Europa, significa que Alemania sigue tensando la cuerda en su legítima defensa de la ortodoxia, no sólo va a dejar que termine quebrando algún país más, sino que puede terminar arruinándonos a todos, incluidos a ellos mismos. Y eso es lo mismo que decir que terminará siendo una nación muy digna, pero sólo la más digna del cementerio.
Mariano Rajoy decía de forma jocosa durante la campaña que esperaba que le diesen al menos “media hora” para decidir sus primeras medidas si llegaba a la Presidencia del Gobierno. Bueno, pues no ha tenido ni esa media hora de gracia. En parte es por culpa de su estrategia electoral: se ha instalado de manera tan abusiva en los últimos tiempos en el “depende” y el “quizás” con los que adornaba casi todas sus intervenciones, que ahora todos están deseando que diga de una vez qué piensa hacer en cuanto que pise la Moncloa. Ya no valen más ambigüdedades ni más salidas gallegas propias de su Pontevedra del alma. Y no sólo se lo recuerdan los ciudadanos, sino también la señora Merkel y esas agencias de calificación que cada vez parecen más instituciones sagradas dispuestas a decirles a los futuros presidentes del Gobierno qué tienen que hacer, cómo y cuando. Pero seamos justos. Las elecciones se celebraron el domingo. El Parlamento no se constituye hasta el 13 de diciembre. Rajoy no será investido hasta días después. Y ayer se reunió con Zapatero para acelerar el traspaso de poderes y abordar la crisis de deuda en Europa. La situación aconseja la aceleración de la toma de decisiones. Pero no que nos dejemos llevar todos por la histeria. ¿No nos estará pudiendo la ansiedad?
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A Zapatero se le olvida la autocrítica
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El PSOE necesita dosis industriales de omeprazol para la digestión de los resultados nefastos del domingo. Pero cometería un error si se escudara en el vendaval de la crisis para excusar el desastre. Su todavía secretario general, José Luis Rodríguez Zapatero, ha eludido el ejercicio de la autocrítica en su intervención tras la Comisión Ejecuriva de su partido. Todo ha sido culpa de la crisis. Fin del análisis del presidente. ¿Fin del análisis? Pues no debería, salvo que aceptemos el fatalismo como una condición fundamental de su gestión política de estos dos últimos años. Podemos aceptar buena parte de su argumento. Esta crisis se ha llevado por delante a muchos gobiernos y España no tenía porqué ser una excepción, sobre todo si se cuenta con casi cinco millones de parados. Pero esto no ha sido una derrota cualquiera. Cuatro millones trescientos mil votos no se pierden sólo por los recortes. También se ha tenido que ayudar desde dentro. Y eso exige una reflexión al menos tan “profunda” como la que ayer reclamaba Carme Chacón. En febrero, habrá congreso ordinario en el que se elegirá al futuro secretario general del PSOE. Es correcto que se celebre en la primera fecha posible para ahuyentar la sensación de interinidad, pero las prisas tienen su peligro: el PSOE se da a sí mismo sólo 60 días para decidir quién será su futuro líder. Y lo va a elegir después de sus peores resultados de la democracia.
Y un apunte más con acuse de recibo en Andalucía: el mencionado congreso se celebrará sólo un mes antes de las autonómicas. Lo positivo de esta casi coincidencia es que el PSOE se presentará en Andalucía reforzado por una dirección nueva. Y lo negativo es que, salvo milagro, los socialistas andaluces acudirán divididos y revueltos a ese congreso si al final hay más de un aspirante a hacerse con el puesto de Zapatero. Justo lo que menos le conviene a un partido que se está viendo dándole las llaves de San Telmo a Javier Arenas.
Si conocen a algún socialista que todavía ayer, antes del recuento, esperase el milagro de una remontada, les rogaría que nos ayudasen a localizarlo: se merece un homenaje al optimismo antropológico. Y si no puede ser, al menos que le hagamos un reportaje para saber cómo piensa el único ciudadano en toda España que no se aventuraba el descalabro. Pese a sus esperanzas, las elecciones más amortizadas de la historia de la democracia han terminado como esperaba cualquiera que no fuera un hooligan recalcitrante del puño y la rosa: con el PP abrazado a la mayoría absoluta y con los socialistas sumidos en una depresión del tamaño de las fosas marianas.
El miedo a los recortes apocalípticos funciona mal en un país que se ha convertido en una máquina de registrar parados. El resultado es la ascensión a los altares de la Moncloa de un registrador de la propiedad que ha seguido enfebrecido esa máxima de Cela de que “el que resiste, gana“, y la caída estrepitosa de un político talentoso y experimentado, Alfredo Pérez Rubalcaba, que podría decir en su descargo que él no vino a luchar contra los elementos y que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.
Ahora viene lo difícil para un PP que acumula el mayor caudal de poder absoluto de toda su historia. Rajoy se ha comportado durante los últimos meses como un maestro de la ambigüedad, el gurú de la indefinición calculada a base de sondeos. Pero ya no le vale. Ahora toca gobernar. Y eso significa decir qué es lo que va a hacer, cómo lo va a hacer y cuándo lo piensa hacer. Exactamente todo lo que se ha negado a decir hasta ahora para no enturbiar esta victoria abrasadora lograda ayer en las urnas. Enhorabuena y, por la cuenta que nos trae, suerte, muchísima suerte.
La campaña electoral termina con el país preguntándose si está dando un salto al vacío. Las noticias apocalípticas sobre primas de riesgo desbocadas agravan la sensación de perplejidad de unos ciudadanos que han asistido con pasmosa naturalidad a la caída en una semana de dos presidentes de gobierno europeos elegidos en las urnas (Berlusconi y Papandreu) y a su relevo por tecnócratas nombrados en Bruselas con la autorización del BCE y de la señora Merkel y sin el peaje democrático de las urnas.
En España, dirán con ironía los más ácidos, al menos vamos a elegir al presidente en las urnas. Pues sí, pero reconozcamos también que no es muy reconfortante que a pocas horas de que se cierre la campaña todavía no sepamos a ciencia cierta qué medidas urgentes tiene pensado quien está llamado a ser presidente del Gobierno.
Hoy pueden leer una entrevista en El País en el que Mariano Rajoy hace de la ambigüedad un arte supremo que sólo pueden practicar los elegidos. Se le escapa de entre los labios –mérito grande del entrevistador– la guillotina que se aplicará a las ayudas a la dependencia, pero en el resto, más de lo mismo: la apoteosis del quizás, del depende y del según se mire. Todo demasiado incierto en quien le quedan días para hacerse fuerte en la Moncloa.
Y al otro lado del ring, un candidato empeñado en parar una erupción volcánica en el seno de su partido aludiendo otra vez el miedo a la derecha, una estrategia tan legítima como discutible. No porque no pueda seguir siendo eficaz (no creo que sirva de mucho entre las clases medias, pero seguramente es que no tiene otra munición para atraer a los indecisos), sino porque termina cayendo en el error de su contrincante, que no es otro que el de no decirles a los ciudadanos que vienen tiempos muy difíciles y que si queremos nuestro Estado de Bienestar, habrá que asumir determinados sacrificios.
El último auto de la juez Alaya en torno a la trama de los ERE admite un aluvión de interpretaciones. En el auto, que abre multitud de líneas de investigación, se nombra expresamente en uno de sus párrafos a José Antonio Griñán por una autorización de unas operaciones de endeudamiento de la agencia IDEA que, según el PP, demostrarían su conexión con esta trama. La Junta niega tal relación con un argumento razonable, pero, para algunos, los autos de la titular del Juzgado de Instrucción 6 de Sevilla son autos de fe: si apareces en ellos, tu destino es la hoguera. No hay alternativa ni excusa posible.
Pasa, sin embargo, que si admitimos este criterio tan fundamentalista, también deberíamos enviar a la misma pira al actual alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, citado en el mismo auto junto a Antonio Sanz por el ERE gestionado en Riotinto por el Gobierno Central cuando éste estaba en manos del PP y Zoido era el delegado del Gobierno. Y la verdad es que tampoco tendría sentido alguno, al menos de momento, pues lo único que hace es pedirles la información sobre este último ERE en su calidad de representantes del PP personados en esta causa.
El auto, por cierto, hace mención de las ayudas concedidas en la Sierra Norte y se refiere a los resultados de una investigación hecha por la Junta que demostraría un fraude de unos 20 millones en ayudas concedidas a 18 empresas de esta comarca, de la que era natural el exdirector general de Trabajo de la Junta, Francisco Javier Guerrero, esa mente preclara que pasará la historia por ser quien acuñó la expresión del ‘fondo de reptiles’.
Es justo subrayar que es la propia Administración autonómica la que está sacando a la luz estas supuestas corruptelas, pero esto no quita para que, repasando esto último, aumente todavía más nuestra estupefacción al ver cómo se malgastaban millones y millones de euros en ayudas supuestamente ilegales sin que nadie se percatara entonces de lo que estaba pasando. ¿Cómo se permitía con una facilidad pasmosa que tantas personas de moral distraída se lucraran con el dinero de todos los contribuyentes? ¿No existía por entonces la responsabilidad in vigilando?. Es lamentable todo lo que está pasando. Y ahora, en estos tiempos de agonía económica, más todavía.
P.D. Aquí no estamos hablando, como dice el PP, de un fraude de 700 millones. Eso es puro tremendismo, pero reconozcamos que la cifra sigue aumentando, y que si hasta ahora se calculaba en nueve millones la cantidad defraudada, ahora hay que hablar ya de casi treinta, que es una cifra escandalosa. ¿Seguirá aumentando? En vista de cómo se está desarrollando esto, mejor no poner la mano en el fuego diciendo que no, que nos podemos achicharrar.
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Sevilla ya no es la aldea irreductible del PSOE
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Sevilla ya no es para el PSOE esa aldea irreductible capaz de soportar los envites de las legiones azules del PP. Está mejor que en otros sitios, pero es que en esos otros sitios es para salir huyendo.
El cuadro de diagnóstico es más o menos claro: el PP anda en una etapa de sus vidas en las que se han decidido por el ahorro energético, comportándose como si les hubieran obligado a tener en sus mesitas de noche El arte de la prudencia de Baltasar Gracián. Vean el caso de Cristóbal Montoro, el cabeza de lista del PP al Congreso por Sevilla, el cunero galáctico que culminaría la gran remontada. No digo que no se lo esté trabajando, pero la verdad es que si se hubiese presentado por Albacete o por Pontevedra habría tenido el mismo efecto. Está a lo que está: haciendo de apologeta de cambio tranquilo como hace el téorico de las cosas como Dios Manda, Mariano Rajoy.
En cuanto al PSOE, nada más esclarecedor del estremecimiento general ante la debacle que se barrunta que la resurrección de los tótems del partido. En el mitin de Dos Hermanas sólo se echó en falta a Miguel Ríos para que eso pareciera un encuentro de viejos roqueros, con Felipe González y Alfonso Guerra en el papel de aves fénix dispuestas a recomponer la moral rota de las tropas.
Es más que comprensible que se les utilice, pero es imposible no pensar que con ellos se marca demasiado una especie de retorno al pasado que no parece muy efectivo para reconquistar a las clases medias.
En otro tiempo, escuchar a Felipe González decir que como gane el PP aquí se marcha a Honolulu sería recibido como una demostración de seguridad. Ahora, con el PP a puntito de remontarles también en el feudo sevillano, más de uno se barrunta ya la guasa que puede salir como el PP termine venciendo en Sevilla y venga alguien con un billete para las playas de Hawai.
Y en cuanto a Guerra y su punto ácido y mitinero capaz de enardecer a las masas, sólo cabe dudar de que vaya a lograrlo con insinuaciones tan procaces y discutibles como las que hizo sobre Zoido y la jueza Mercedes Alaya. Demasiado pasado de vueltas, ¿no?
Los minoritarios, mientras, a lo suyo. Desgañitándose para lograr los 15 minutos de gloria que Warhol proclamaba para todos los ciudadanos y reclamando su espacio para no sucumbir en el tsunami bipartidista.
En este contexto, y viendo que muchos dan ya la campaña por amortizada, sí que convendría detenerse en un aspecto esencial. No hace ni cuatro meses que estalló en este país un movimiento ciudadano, el 15-M, que, además de cánticos utópicos y un tanto pueriles, sí que defendía algo que está en la mente de muchísimos ciudadanos: la necesidad de una mejora de los instrumentos democráticos que permita mejorar en transparencia y en eso que tan pomposamente se llama calidad democrática.
Pues bien, en esta campaña se ha podido vislumbrar una vez más ese déficit. Los mítines son esenciales, pero si algo se está notando es que esta fórmula se está agotando (parecen hechos para salir en los telediarios) y que es urgente regular y hasta casi hacer obligatorio el que haya más debates, especialmente en las televisiones públicas, pues son el mejor instrumento para la confrontación de ideas. Ojalá progresemos en esta materia en próximas confrontaciones electorales. Ganaríamos todos.


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