Archive for Junio 2011
Así vio Málaga Vicente Aleixandre tal vez por porque había visto la luz justo a la entrada de otra que podría llevar también ese nombre: la ciudad del Alcázar de Sevilla en cuya esquina se levantaba la casa del Corzo Juan Antonio Vicentelo de Leca donde nació. Los palacios siempre tuvieron su burgo, la ciudadela que podemos ver aun perfectamente delimitada en Praga e, incluso, sin demasiada imaginación en Sevilla; comenzaba en la Puerta de Jerez y terminaba en la plaza de Alfaro: es la que se enciende en las noches del verano y se convierte en una ciudadad de la Música.
Ya lo he dicho otra vez: la temporada de conciertos en los jardines del Real Alcázar es un evento al que aun le queda mucho recorrido porque en él se conjugan a la perfección la belleza del lugar y la de la música. Quien en estos días haya estado en Granada habrá podido calibrar el impacto que allí crean las noches del Festival de Música y Danza en el Generalife, el Patio de los Arrayanes o el Palacio de Carlos V. Evidentemente se trata de dos acontecimientos de formato diferente pero estoy seguro de que sólo con una pizca más de promoción las Noches del Alcázar alcanzarían un nivel notable.
Y, además, ayudarían a quitarnos de encima el sambenito del reloj callejero fatídico, de guardia siempre a lo largo de todo el verano; desde el mismo momento en el que el sol traspasa la frontera de su equinocio todas las cadenas lo instalan en nsus telediarios y Sevilla se convierte en “el otro Sáhara”; en cambio Venecia, donde hace el mismo calor, no sale nunca. Las Noches del Alcázar serían en contrapunto ideal a la contracampaña de una Sevilla sudorípara en la que es imposible vivir en julio y agosto. Serían una imagen que vale más de mil palabras para decir que también en verano aquí está la ciudad del paraíso.
Un concepto básico del 15- M es el de la tabula rasa que en Filosofía inició el empirista John Locke a finales del siglo XVII cortando por lo sano con el peso de la opinión de autoridades y que en España probó con fortuna en el cine Pedro Almodóvar, cortando con una línea que siempre partía tópicamene de la dictadura: las suyas partieron del vivir diario y el público las recibió alborozado por eso mismo; no era un director de derecha aunque no haciera un cine de izquierdas como el de entonces; simplemente refrescaba. “Democracia real, ya” ha zarandeado el entero sistema pero sólo se refrescará desde la izquierda.
Y por eso, porque lleva ya no sé cuanto tiempo con el mismo discurso que es como decir sin él ya que todo discurso estereotipado se convierte en conservador, esto es, de derecha, la izquierda empieza a respònder al zarandeo. La voluntad del Presidente Griñán de crear el “Escaño 110” reservado a la defensa de propuestas populares llevadas directamente por quienes las proponen, hay que ponerla, evidentemente, en relación con las demandas del movimiento del 15-M puesto que, en la forma y en el fondo, se presenta como una ampliación de la democracia directa.
Va en la dirección del hacer tabla rasa de los empiristas, al contrario de lo de las listas abiertas que –no por casualidad- es a lo único que ha respondido con empeño la figura más neocon de nuestra política, Esperanza Aguirre: está demostrado que, en esa modalidad, suele salir quien tiene más dinero. El “Escaño 110” es una innovación que habría de tener como complemento imprescindible, en mi opinión, la obligatoriedad de votación secreta en la cámara a esas propuestas pero su consagración sería una victoria, la primera, del movimiento y éste debería recoger el guante: una guerra no se gana sin ganar batallas.
Las sociedades son como barcos que, como dijo la emperatriz china Chi-Xi en 55 días en Pekín, por el agua navegan y en el agua naufragan. A veces, flotar o hundirse depende de la relación entre el calado –la dimensión de la recta entre la línea de flotación a la quilla– y la profundidad de la superficie acuosa por la que van. La humanidad y las ciudades, como los barcos, avanzaron gracias a quienes se aventuraron por lugares difíciles y de profundidad desconocida con naves cada vez mayores. Por eso, metafóricamente, la noción de calado se ha aplicado a muchas cosas; ahora el presidente del Colegio de Arquitectos, lo ha hecho con la peatonalización de la Alfalfa y a las Setas.
Decir que haber suprimido el tráfico en esa plaza y las adyacentes es de mayor calado que el proyecto Metropol Parasol indica una idea de lo que es Sevilla y, sobre todo, de lo que debe ser. Y no sólo lo que debe proyectar de sí misma sino lo que ha de ser en sí misma y para siempre. Pero, independientemente de esas razones discutibles, el proyecto ha tenido otra que no ha llegado a la ciudadanía: levantar las Setas tenía como propósito terminar con la postración y la decadencia de esa parte de Sevilla y la construcción del Antiquarium lo fortaleció. Ahora el conjunto está ahí y seguir con el rifirrafe de Setas sí, Setas no es, en definitiva, impedir que el barco de la Sevilla Norte avance.
Ni esta ciudad tiene que ser siempre la que fija el retrato de un determinado momento ni perpetuarse la decadencia de unos cuantos de sus barrios: las Setas son ya Sevilla y esta Guerra de los Boxers contra los “extranjerismos” ha de terminar. El calado de las cosas, como el de los barcos, se relaciona con que sirvan para transportar, vender, comprar… En definitiva con que sirvan para flotar y no para naufragar.
La noticia –no sé por qué– ha pasado bastante desapercibida: el alcalde ha dejado a FACUA, que hasta ahora había sido representante de la sociedad civil, fuera de las empresas municipales, un hecho aparentemente tan poco importante como la supresión por María Dolores de Cospedal del Defensor del Pueblo en Castilla-La Mancha. A nadie parece importarle esa ausencia aunque la organización haya gastado todos los años de su existencia en la defensa del consumidor, o sea, de Vd., de Vd, de Vd… y yo. Si con alguien se ha metido más veces Facua es con los gobiernos (nacional, autonómico y local) de izquierdas por la sencilla razón de que la izquierda ha gobernado más veces que la derecha.
Ése ha sido su papel: defender al ciudadano de cualquier veleidad del gobierno, de cualquier gobierno, siempre proclive a cualquier veleidad. ¿Alguien recuerda que Facua haya sido condescendiente con Monteseirín? No, y eso es lo malo. Quien se ha llevado largos años sentado en la trinchera de la oposición, aun sin ser Francis Ford Coppola, logra hacerle la foto al verdadero opositor para ponerla clavada con una chincheta en la cabecera de su cama y buscar la manera de quitárselo políticamente de en medio sabiendo que habrá paniaguados que ocupen su lugar.
Facua ha sido una de las ramas más genuinas de la democracia; nació yendo a contracorriente de lo fácil, del camino trillado por una transición dadivosa y en una de las mentes más dialécticas a las que me he enfrentado en mi vida. Facua ha estado siempre al lado del ciudadano, de la sociedad civil, en los grandes y en los pequeños problemas, en una pandemia y en la polémica sobre el permitir o no que se fumara en las casetas de la feria. ¿Por qué se puede dejar fuera a Facua en las empresas públicas? Porque aquí se olvida todo. Y eso es peor.
Tengo un amigo que, con frecuencia, usa esa palabra para calificar cosas sacadas al aire con pompa y circunstancia –como la marcha de Edward Elgar– pero que, al aterrizar, resultan lo contrario de lo que se pensaba: aparece entonces una contradicción que provoca la perplejidad en quienes lo proponían y los colocan al borde de desdecirse de su propuesta, de su propósito. Eso les ha pasado a los que llevaron la Biblioteca Universitaria a su paralización judicial (incluido el alcalde), que ahora sienten una sensación agridulce porque han ganado pero la Universidad (o sea, ellos, sus hijos y sus nietos) han perdido.
Idéntica perplejidad deben sentir los de la plataforma contra la Torre Pelli cuando, después de haber hecho de la Unesco un deidad, han descubierto que ésta, con más burocracia que en cualquiera de nuestras instituciones, ha dejado la cosa para el año que viene si Dios quiere. Como la certeza del despropósito no lleva directamente a la autocrítica el alcalde se ha escudado en que propondrá otro emplazamiento para el edificio de Zaha Hadid insinuando el del aparcamiento junto al Mecantil, lo que debería llevar a que se formara otra plataforma porque eso condicionaría ya para siempre el paseo fluvial –o zona verde– de cualquiera de las soluciones propuestas en los terrenos de Tabacalera.
A los de Túmbala, en la misma tesitura, sólo se les ha ocurrido cogerse un avión e irse a París a protestarle a la Unesco. Cuando lleguen a las traseras de los Inválidos perderán totalmente su fe porque descubrirán un edificio decadente, lleno de muebles viejos y polillas que Francia sigue conservando sólo por aquello de mantener la idea de la grandeur. Y aquí uno piensa que, a lo mejor, no hay otra solución que la preplejidad del despropósito para perder el pelo de la dehesa.
Además de una novela de Ernest Hemingway y una película sobre el rodaje de una rocambolesca serie televisiva, el título podría servirle al alma dormida de Rosamar Prieto para meditar sobre cómo se pasa la vida, cómo se viene la puñalada tan pronto como se abandona un cargo. Y todo a cuenta de la cosa más efímera del mundo, de un simple altar de Corpus cuya vida es más corta que la de los lamelibranquios y su estética igual de fósil que los de estos animalitos convertidos en piedra desde el periodo carbonífero de la era paleozóica. Nadie mimó más que ella estas celebraciones y nadie fue criticado con tanta presteza.
Mal hacen algunos componentes del nuevo equipo de gobierno municipal excusándose ante una decisión controvertida con el argumento de que el jurado había sido nombrado por el consistorio anterior y revelando que el alcalde puso un 9 a la instalación de la Sed. Eso es como el torero que comienza su faena de muleta reculando ante un toro que intentará dejarlo sin sitio. En fiestas como ésta –ya se trate del exorno de la ciudad (que también debió de ser suyo ¿no?) o de la actuación de un grupo calificador (¿por qué no decir qué nota puso el alcalde a los demás altares?)– es de suponer que cualquier corporación tratará de hacerlo lo mejor posible y, por tanto, debe primar el respeto institucional.
El mundo de las hermandades y cofradías intentará siempre tener un gobierno paralelo y ganarle pasos al de la ciudad, sea cual sea su color político. Así sucede desde el siglo XVI y así, como la vida en el Piccolo mondo antico de Antonio Fogazzaro, continúa siéndolo en el de una España que agoniza sin acabar nunca de expirar. Rosamar se equivocó y puede que se equivoquen otros: aquí no se pueden usar otras reglas que las básicas de Pepe Hillo: parar, templar y mandar.
La vida de nuestra democracia se parece a la de Platón, en la que se sucedieron las fases innovadoras y conservadoras; su pensamiento influyó a lo largo de los siglos porque nunca le faltó la coherencia, algo que está por ver si sucede ahora. Que los ciudadanos cambien de bando en su voto vale si quienes llegan al poder gracias a él (no a Dios ni a la Virgen) siguen el sentido de lo que se espera de un ayuntamiento conservador. Y ahí tenemos la fiesta del Corpus, concentrada en la píldora platónica de la corrida de su tarde, como paradigma de lo que es la disociación entre la Realidad y su Imagen.
Teóricamente debería ser muy importante pero realmente es un paripé. La fiesta tradicional tenía dos momentos: la procesión era la manifestación del imperio católico; la corrida el acto cumbre de la sociedad civil. Sin embargo todo el peso se ha ido volcando hacia el acto mañanero donde la custodia no es ya sino parte de un decorado y el dejarse ver y el saludeo planteamiento, nudo y desenlace de la obra teatral. La Maestranza es por la tarde un templo sin liturgia, sin oficiantes de categoría, sin autoridades (empezando por los maestrantes) y casi sin público.
Hace tiempo que el platonismo de la plaza saltó por los aires, que el palco de autoridades se convirtió en la casa de tócameroque porque éstas preferían la foto del callejón, que la corrida dejó de ser el reflejo de la sociedad sevillana: nadie mejor que un consistorio conservador para volver a poner en orden todo eso, comenzando tal vez por resituar la lidia en la tarde de la víspera cuando, masivamente, los ciudadanos inundan el centro y, aunque no tenga ese nombre, celebran una velá. Gregorio Serrano tiene la opotunidad de ser Platón llevando de nuevo las aguas a su cauce o de contribuir a que éstas sigan desmadradas.
Entre los musulmanes se festeja a quienes celebran dos veces en su vida un Ramadán que vuelve a situarse en las mismas fechas de otro porque, en el juego de la luna con el sol, eso sucede sólo cada sesenta y tanto años, me parece. Ese juego es el que ha hecho que este año la noche de San Juan comience cuendo se pone el sol del Corpus Christi, algo que habrá sucedido otras veces pero que yo no recuerdo. San Juan Bautista, compartido por las religiones del Libro, podría ser el patrón de la Fundación Tres Culturas. Tiene pocas procesiones, muchos rituales relacionados con el fuego, el agua y los sortilegios en territorios boscosos no domesticados, no convertidos en urbanizaciones, o sea in-trincados.
Posee una extensa iconografía que, en vez de adulto, lo presenta de niño: los “San Juanitos” porque San Juan fue otro inocente que escapó de los esbirros de Herodes aunque no sepamos cómo. A lo mejor fue esa inocencia la que lo llevó a ser santo común de judíos, cristianos y moros cuando la convivencia, aunque fuera a trancas y barrancas, aun era posible. El Corpus fue arrebatándole todas sus liturgias versátiles; le quitó la juncia, el romero y el arrayán del campo; le robó, con su procesión, hasta el frescor de la mañana: la mañana de San Juan, cuando el sol alboreaba… que cantaba el romance.
Así se quedó más solo que la una, sin ni siquiera la velá de San Juan de la Palma que conocí ya en sus momentos más bajos, con cuatro cacharritos en la plaza de Mengíbar. Su noche únicamente sirve para que unos cuantos quemen papelitos donde han escrito lo que quieren que se vaya, que podrían ahorrárse la tinta quemando las encuestas del CIS. De aquella tolerancia del romance nadie se acuerda: el inocente San Juanito sigue siendo lo que fue de verdad: la voz que clamaba en el desierto.
Sevilla tuvo toldos que la preservaran del calor en las calles del centro desde sabe Dios cuando porque las populares velas aparecen en muchos cuadros y grabados antiguos. También es inmemorial lo de llevar las cuentas del año guiándose por las grandes fiestas: hacer esto o lo otro “por San Pedro”, “por la Virgen de agosto”, “por Pascua”…; eran fechas señaladas. Pero de un tiempo a esta parte o, concreta y hasta paradójicamente, desde la consecución de la democracia nació una tendencia que, como si colviéramos al mundo frailuno del XVIII, la ha ido sembrando de signos religiosos y referencias sacras.
Calles con nombres que venían de la baja Edad Media pasaron a titularse con los de Cristos y Vírgenes, los azulejos con sus imágenes llenaron las esquinas, faltó tiempo para colocarle a Sor Ángela de la Cruz una corona en la espalda de su estatua en cuanto la canonizaron… De este modo las velas que cubrían las calles comerciales del centro pasaron a ser “las velas del Corpus” aunque, dependiendo de la luna, hubiera años en los que la fiesta caía a mediados de mayo y el calor ho bubiera hecho todavía su aparición. Así nos hemos convertido en una ciudad levítica, igual que las que en el Antiguo Testamento pertenecían a la tribu sacerdotal de Leví.
Por eso se ve absolutamente normal la proliferación de retablos callejeros o la corona de Sor Ángela: se ha olvidado que las ciudades no levantan monumentos a los santos por serlo sino como reconocimiento a una labor benefactora, artística o científica. Por eso nadie se extraña de que se coloque en lugar público la estatua de un Papa sin más relación con Sevilla que la de haber venido un día. Sevilla vive en un mundo irreal. De paso, mientras las velas sean del Corpus, los comerciantes felices: las pagará el dinero de otros.
El Museo de Bellas Artes de Sevilla comenzó siendo un almacén en el que se guardaron los cuadros provenientes de iglesias y conventos desamortizados. Fue una manera de salvarlos de una piqueta de la que no se salvaría un siglo después al Gabinete de Ciencias de los jesuítas en la Universidad de la calle Laraña sobre el que dejaron caer el peso de un derribo salvaje. Las obras que salvaron unos cuantos ilustrados -algunos de ellos aun soportando en sus espaldas el peso de las purgas absolutistas pero fieles a la idea de que el arte era un legado a la posteridad- gozaron de suerte dispar y muchos volvieron a otros templos dado que se pensaba en ellos como su “residencia habitual”.
Pasaron los años; el concepto de patrimonio se amplió y democratizó y el turismo pasó a ser un fenómeno que movía cada año a más de mil millones de personas deseosas de contemplar cuanto había de artístico en otras ciudades. En países como Italia, Francia, Alemania o Letonia los lugares sagrados con pinturas, esculturas, vidrieras… valiosas en su interior se abrieron para que el público, además de acudir a los actos religiosas, pudiera verlas. Aquí una Iglesia, acostumbrada a vivir de la subvención, no creyó que aquello le concerniera y dejó sus recintos carrados a cal y canto.
De un tiempo a esta parte el Museo de Bellas Artes ha vuelto a ser el único lugar en el que pueden verse durante un tiempo las obras que duerme el sueño eterno en las iglesias sevillanas: aparecen allí cuando las han restaurado en el Instituto de Patrimonio, como sucedió hace un año con las del retablo de Santa Ana o ahora con las de la iglesia de Santa María la Blanca por las obras de restauración de ese edificio. Es a lo más que llega el compromiso eclesiástico con la sociedad, a que el museo siga haciendo de almacén.

