Archive for Marzo 2010
El penitente de Taranto en el paso de la Virgen de Guadalupe no era anteayer una mota exótica; era el recordatorio de una comunión mediterránea que sobrepasa a cada religión. Bertuchi nos dejó en uno de sus obras la escena nocturna, con cafés y gente charlando, de la plazuela de Tetuán donde se alzan la capilla y casa de hermandad del Señor Abdelkader, el santo musulmán más popular. Quien la mire podría confundirla con la plaza de San Lorenzo y todo el que se acerque realmente al lugar un viernes, verá las mismas plegarias pidiendo, no milagros, sino la buena resolución de lo cotidiano.
El sociólogo Pierre Bourdieu, escribió hace 50 años: “La experiencia de la colectividad rural constituye la experiencia original de lo sagrado. La veneración del jefe de familia, símbolo y sacerdote de la religión doméstica, el culto a los ancestros… la bendición, potencia misteriosa y bienhechora…, he aquí una religión… que poniendo el acento en el rito hace de la vida una especie de liturgia ininterrumpida… El Dios del dogma (coránico o bíblico, añado) permanece lejano, inaccesible e impenetrable, el hombre del pueblo tiene necesidad de acercar hacia él la divinidad… Morabitos y cofradías presentan una religión que habla al corazón y a la imaginación”.
Las mismas velas, los mismos encuentros de amigos y conocidos, el mismo gorgojeo de los pájaros en el declive de la tarde. Cada cual en sus coordenadas, da forma, colores o símbolos particulares a las insignias de sus cortejos y les pone cánones de silencio o de alborozo; pero es del Mediterráneo, el Mare Nostrum, la esencia que fluye por debajo distribuyéndose por las revueltas de los tornos, caños y brazos del delta donde se amansa el cauce de la existencia, de una sola existencia dividida en millones de vidas con idéntico horizonte.
Los judíos consiguieron pasar de siglo en siglo gracias a una palabra polisémica: hagadá. Hagadá es, a la vez, Historia, Leyenda y Narración y su fuerza estriba en repetirla; sobre todo, anualmente, en el clima de la celebración de la Pascua que, como es sabido, se celebra en la misma semana lunar que la nuestra. Los días señalados de las colectividades no han sido eternos; nacieron, como las personas, en un determinado momento, tienen una Historia que, al mismo tiempo, es Leyenda y, por su repetición, Narración. Su Pascua nació en el recuerdo de la salida de Egipto, en el sueño de su Liberación y es ese sueño dorado el que repiten cada año.
La Semana Santa de Sevilla –y la de todo Andalucía- es otro hagadá donde la Historia y la Leyenda se enroscan una alrededor de la otra conservando cada cual su identidad pero no pudiendo separarse: es la Historia de la Pasión de Cristo y, al mismo tiempo, la Leyenda de la Liberación de la gente, de los gremios, de las familias, de los barrios. Algunos judíos que conozco no son creyentes pero no pueden pasar por la Pascua sin celebrarla porque, como en la Semana Santa, esos días entran en un reino que no es de este mundo: el pasillo de la Historia los lleva –nos lleva- al desmedido territorio de lo onírico.
Es en el que se ha dejado caer Francisco Basallote, que -parafraseemos a Núñez de Herrera- no va ni al sermón del Cardenal ni al del Niño Gloria, en la prosa poética de “Estirpe del Azar”: “Está anotado en el libro de los sueños: la voz permanece en los metales de su eco, el canto en el vibrar del vidrio de su aire, la mirada en el cielo azul de sus certeros venablos, el perfume en el bullir de los matraces de las rosas encendidas, el sabor en los labios que liban las cráteras de oro de su miel… Todo fue. En su recuerdo revive”.
Si no fuera porque Sevilla no tuvo más remedio que forjarse un nombre hace siglo y medio, el eco de lo que tiene lugar en estos días en Marchena, Osuna, Estepa, Carmona, Lebrija, Alcalá o Écija llegaría hasta muy lejos.
Si no fuera porque a Sevilla arribaban ya entonces ecos de todos esos sitios, sus Días Grandes no tendría muchas de las cosas que tienen. Si no fuera porque la fuerza de Sevilla introdujo muchos de sus elementos en otros lugares, esas celebraciones aun serían más singulares, todavía mantendrían hitos de los cuales se han desprendido ingenuamente.
Pero, así y todo, conserva la provincia vivencias ancestrales, momentos irrepetidos que hacen a la fiesta la misma y diversa en cada población.
El Mandato, la ascensión a la Colegiata, la Vela del Cristo, el Revoloteo de la Seña, las Corporaciones…, ceremonias íntimas y grandiosas que cristalizaron entre el matraz y el alambique del Tiempo con el fuego de las altas temperaturas sentimentales y se mantienen porque las generaciones, unas tras otras, las perpetuaron no se sabe cómo, sin la ayuda de la economía que producían curiosos impertinentes llegados de Madrid o más allá, con el aliento de cuantos habían partido para buscar el sustento en otro lado y que, sin embargo, volvían cada primavera.
En el gran misterio de la Permanencia de lo interiormente importante, anhelando un nuevo modo de vivir fuera y retornando cada año para tratar de recuperar lo de siempre, se volvían a llenar los pueblos vaciados: en ese equilibrio inestable caminaron Cazalla y Guadalcanal, Pedrera y Utrera, Herrera, Las Cabezas…
La Semana Santa era y es la gran fiesta que engloba y desmenuza la vida. Si no fuera porque en ella va el corazón las conoceríamos una a una, pero si no las presidiera el corazón, ¿merecería la pena verlas?
El lento gotear de cientos de Domingos de Ramos aristocráticos y de grandes comerciantes inventó el arte de blanquear, trenzar la palma con estética litúrgica,“la palma os guarda hermosa / del Egipto”, que decía Góngora; también desde hace mucho llegó el humilde ramón de olivo, más por economía que por humildad. Cuentan que fue en 1646 (ya se rodaba cuesta abajo) cuando un portugués compró al rey el monopolio de la venta de las palmas y, como si se tratara de casas adosadas, intentó especular con ellas por lo que el Cabildo mandó que la procesión se efectuara con ramas de olivo. Añade el cronista que el portugués “quedó burlado y el pueblo contentísimo”.
De este modo la rama del árbol que, a decir de Braudel, señala los límites del clima mediterráneo y, según el Génesis, trajo la paloma de Noé en el pico, forjó también el clima de paz democrática de esta jornada. Pero por encima de todo eso situó la Gran Madre al naranjo y al limonero que sólo de vez en cuando se deciden a abrir sus flores a compás con la luna grande de la primavera. Como este año, en el que el olor de azahar inundará por igual la avenida de la carrera oficial y las plazuelas rebosantes de bulla.
Es entonces cuando la mañana del Domingo de Estrenos se derrama por igual en la ciudad, cuando en esta creación extraordinaria unge el aire a los de arriba y a los de abajo, a los pobres y a los ricos, a los que creen y a los que no; cuando las campanas de la Giralda –las esquilas con las campanas Santa Catalina y Santiago que les marcan el ritmo y el volteo de las de San Juan, San Pedro, San Isidoro y San Cristóbal– suenan no sólo para anunciar la Procesión de las Palmas sino sobre todo porque se ha operado un prodigio: una aurora boreal de aromas cruza Sevilla justo cuando se convierte en un mar de sentidos.
El Centenario de la Aviación, un tanto mortecino, se animó anteayer con la coincidencia de la colocación del aeroplano en la Portada, la presentación de la Revista de Primavera de la SER -con la efeméride como leit-motiv- y la inauguración de la exposición que, se llame Cien Años de industria aeronáutica española o Cien años de aviación en Sevilla, es un tanto monta, monta tanto que también podemos aplicar a sus comisarios José Clemente y Juan Antonio Guerrero. La muestra -durará menos de un mes- debería haberse alargado, al menos, hasta pasar la Feria no sólo porque fue allí donde los aviones aparecieron por primera vez sino para convertirla en pararrayos del tópico que no cesa.
El tópico reproduce siempre una imagen: la de la tierra sumida en un ruralismo ancestral y perpetuo, un cortijo; lo confirmaba hace días su más reciente expresión en boca de Esperanza Aguirre, Marquesa de Murillo, que también debe tener la del suyo propio metido en el subconsciente y por eso relaciona tan rápidamente las ideas. Pues ahí tenemos la contraria: la que puede conectarnos con la industria y la modernidad, truncada eso sí, pero no por culpa nuestra y meto en el posesivo a la gente normal, que nunca quiso ser santo inocente cortijero ni tener que soportar a marqueses mandones.
Por eso lo que ahora ha sido una especie de escaramuza por tres flancos debería convertirse en una ofensiva reflexionada y coordinada y el uso eventual del Pabellón del Futuro en permanente; es la misma permanencia del tópico la que lo demanda Cargar indefinidamente con un tópico es inadmisible; lo mismo que una ciudad como Sevilla tenga ese espacio y sus jardines cerrados desde hace casi veinte años, mientras siguen lloviendo cántaros, huecos pero hirientes. Abrirlo a la ciencia y la industria sería un despegue.
Lo que dije hace semanas sobre la Madrugá va a cumplirse y si alguien no lo remedia habremos traspasado una delgada línea roja que puede, no sólo romper el diálogo entre la ciudad y sus celebraciones pasionistas, sino traspasar el límite de los derechos constitucionales europeos: la libertad de movimiento de todos sus ciudadanos por su entero territorio: se van a cortar unas calles o restringir el acceso a otras por posibles alteraciones y, amparándose en esa posibilidad, de hecho, se va a privatizar un espacio (el de las sillas) colocadas de forma muy diferente a las de la plaza de San Lorenzo.
Durante cientos de años las multitudes se han agolpado ahí, en la Resolana o en la calle Pureza a la salida y la entrada de las cofradías; las sillas del Gran Poder no han impedido a nadie entrar en la plaza y optar por quedarse o irse a otra parte: ésa es la diferencia. Han sido siempre las mismas hermandades y, sobre todo, el imán de sus imágenes las que han impuesto la convivencia. Cuando se llevan, no años sino decenios, intentando notoriedad basada en efectismos, suceden cosas como las del año pasado.
Paul Cuffe llevó en el siglo XIX desde EEUU a África a antiguos esclavos cuyos ascendientes procedían de allí con la intención de que fundaran una sociedad libre pero éstos, en lugar de eso, esclavizaron a los naturales de aquella tierra. Así nació Liberia. Ese espacio privatizado de sillas se parece demasiado al reservado para el flamenco de los señoritos, al tan denostado –y con razón– “cuartito”. Para cortar el riesgo de desórdenes hay un camino más fácil que cercenar derechos y, de paso, desviar el agua al propio molino: “no pasarse” en efectos secundarios y poner el acento en lo fundamental. Si la Macarena saliera y volviera en silencio, habría allí la misma gente.
La inauguración del Museo de Osuna da pie para reflexionar sobre un tema importante, el de la capacidad que tienen algunas ciudades de reproducir sus propias élites. La casa que alberga la institución es la de los Arjona, Manuel María y José Manuel, ámbito en el que el primero fundaría la Academia del Sile, delatada a la Inquisición por masónica y cuyo himno, una marsellesa anterior a La Marsellesa, -De oscura y densa niebla/ cubre a España infame velo/ y a su sombra la ignorancia/ extiende su hórrido cetro…- parece indicar que muy lejos no estaría. El segundo estuvo en el lado contrario pero puso a Sevilla en su Primera Modernización.
La generación siguiente la cubre el hebraísta Antonio García Blanco, que da nombre a la Fundación Cultural del municipio. Narró en un libro olvidado, Memorias de un siglo, las tumultuosas jornadas que vivió Osuna a la caída del Trienio de Riego y participó en las conmociones académicas que crearon la Institución Libre de Enseñanza; poco después surgía allí mismo Francisco Rodríguez Marín, capaz de realizar la compilación más completa de los Cantos españoles y de recoger de la gente esa piezas literarias mínimas que son las Comparaciones, último jirón del barroco conceptista.
Después vinieron dos generaciones de Rodríguez Buzón, entre ellos Manolo, impulsor de una Obra Social en Caja San Fernando que fue democrática antes de la democracia. Y, debe ser por misteriosa imantación, a Osuna llegó Rodolfo Álvarez Santaló, pintor, escritor y, sobre todo, agitador, para revolverlo todo en los últimos decenios. Es difícil explicar el paso del testigo cultural durante cientos de años pero, a lo mejor todo tenga su raíz en Juan Téllez Girón que debería apodarse el Magnífico, como Lorenzo de Medici. Y su Universidad. Ésa de la que se reía Cervantes.
Entre el final del XIX y los comienzos de siglo pasado el darwinismo y el historicismo pusieron de moda las colecciones: se coleccionaban mariposas, cromos de Nestlé y cuadros; también personajes ilustres. Un siglo antes, lo que iba a ser una iglesia de París, lo convirtió la Revolución en monumento para los nuevos héroes, los franceses ilustres, y así surgió el Panteón cuyas formas copiaría Pierre Charles L’Enfant en el Capitolio de Washington. Luego se multiplicaron todas partes los panteones de ilustres y Sevilla puso el suyo en la cripta de la iglesia de su Universidad, la de la Anunciación.
Allí llegó en medio del clamor popular Bécquer, traído en abril de 1913 en alas de esa moda y por el esfuerzo de los Álvarez Quintero; con eso Sevilla quedó con la conciencia tranquila aunque, a parte de sus restos, no tuviera de él nada más que una hipotética casa natal. Hoy la mentalidad es muy distinta: Rafael Cansinos Assens –él, que convocaba a viajar hacia el sur en primavera- ha emprendido también la vuelta. No llegarán sus despojos sino lo que dio de sí su mente: sus archivos, sus notas, sus papeles… Llegará él mismo, sin cuerpo pero con alma.
En el cementerio se recordaba anteayer a José Díaz, secretario del Partido Comunista de España, salido del Congreso celebrado en el pabellón de Estados Unidos de la Exposición del 29 y uno de los artífices del Frente Popular. El homenaje seguía los cánones del de Bécquer hace casi 100 años pero sin otra concurrencia que la de miembros de su partido. Era el culto, más que historicista darwinista, a un personaje metido, como la mariposa del entomólogo, en un álbum doméstico. Pepe Díaz no es un sevillano ilustre; ni los suyos parecen esforzarse en abrir su figura e incardinarla en la Historia. Sus restos reposan aquí pero no ha vuelto.
Ser o no ser, esa es la cuestión. Llevábamos ya no sé cuántos Domingos de Pasión en los que se combinaba hábilmente la exaltación habitual con los incisos político-clericales, o sea, los párrafos de rigor sobre los tema en los que pivotaba el carpe diem de la derecha (Educación para la ciudadanía, divorcio, aborto, etc.) y todo el mundo salía contentísimo y, aunque los que hacían declaraciones no hubiera pasado del catecismo del Padre Ripalda, se proclamaba urbi et orbe y con la seguridad del oráculo, que aquello había sido una lección de Teología según Sevilla.
Y ahora resulta que se pone en un burro -y mirando hacia atrás- a Antonio García Barbeito porque -verdad que con la longitud de un discurso de Fidel Castro- ha rezado. Las críticas han vuelto a reavivar -sin que muchos se hayan dado cuenta- la vieja inquina contra la oración mental, la oración por libre, que tanto dolor de cabeza dio a los inquisidores y muchos más a quienes caían en sus manos; las cosas que han durado siglos no se borran de un plumazo. García Barbeito, enfrente del castillo de San Jorge, aludió a que iba a contar lo que había cocinado Dios en sus pucheros (los del pregonero) y ahí dio sus señas: vivía en la misma morada de Santa Teresa de Jesús.
Que lo suyo no era el pregón de una fiesta lo ve cualquiera, pero los párrafos cavernarios de otros, tampoco y nadie se metía con ellos. El pregonero, simplemente, ha llevado al extremo lo que otros metían por entremedio, ha versado con honestidad sobre temas que más de uno trataba por conveniencia y, aunque yo no sepa si consciente o inconscientemente, ha puesto en evidencia que el Pregón no era un pregón hace ya mucho tiempo. Ha trenzado una nueva lazada en este nudo gordiano del que tal vez sólo se salga volviendo a Rodríguez Buzón. Ser o no ser.
El controvertido Kapuscinski, en ‘Ébano’ explica cómo, en la descolonización de territorios africanos, los descolonizados tendían a imitar a los colonizadores.
Algo de eso ha pasado también aquí en el proceso de recuperar la memoria histórica de la dictadura y habría que preguntarse si, en gran parte, no nos hemos limitado a imitar las hagiografías de los Cuadernos de Prensa y Propaganda del Movimiento Nacional con otras de héroes y heroínas del lado contrario, con figuras relevantes a las que asiste todo el derecho a ser reconocidas pero que no bastan para explicar la extensión y la hondura de la Gran Tragedia.
Los artículos de Luis Yánez y Manuel Ruiz Rico de ayer y anteayer contándonos las vidas de personas concretas en los primeros días aciagos de “los años bárbaros”, han servido, a mi juicio, para que, por este periódico, se abra un cauce nuevo por el que fluya el pasado: eso que ahora se llama en las facultades universitarias ‘Historia de la vida cotidiana’, aunque esas vidas se vivieran en una cotidianidad dramática. Pero el conocimiento de esas vivencias es lo que ha servido a otros países con situaciones semejantes para pasar por la imprescindible charla en el diván del psiquiatra.
Nunca nos curaremos sin asimilar que la carretera por la que vamos alegremente hasta el Veleta la construyó un fusilado, el ingeniero Santa Cruz, sin ver tras la foto sepia de los viejos tranvías a Otto Engelhardt, sin pensar cuando oímos ‘Ojos verdes’ que Salvador Valverde, su creador, murió en el exilio, sin atrevernos a recorrer las calles con el drama. Es muy importante recuperar los cuerpos sin vida de los asesinados, pero mucho más recuperar las vivencias de los que murieron y de los que a lo largo de toda su vida no dejaron de tener en el corazón y en el cerebro el relámpago del Horror.

