22
Mar/2015

Túnez desde el Alcázar

La gran transformación tunecina fue obra de miles de moriscos que llegaron tras su expulsión hablando castellano o catalán.

Ese Túnez que ha sido el escenario de la última matanza indiscriminada de quienes quieren volver a poner el mundo en la Edad Media, mirándolo, desde el Alcázar, está muy cerca: en los tapices del salón al que, a falta de otro mejor, se le ha dado ese nombre. La pugna entre Carlos V y Solimán el Magnífico por el dominio de Europa Central y el Mediterráneo llevó hasta allí al emperador, a la cabeza de una flota para derrotar en La Goleta –la ensenada de la ciudad– a la del sultán. Lo acompañaba Jan Comelisz, encargado de tomar sobre el terreno los apuntes que después servirían a las insuperables obras textiles colgadas de estas paredes. En el palacio de El Bardo (el Pardo porque en el árabe no existe la letra P), donde se ha producido la masacre, un sillón junto a una ventana recuerda la estancia entre sus muros del hijo de Juana la Loca.

Ibn Jaldún (1332-1406) fue un pensador nacido en Túnez, de origen andalusí.

Ibn Jaldún (1332-1406) fue un pensador nacido en Túnez, de origen andalusí.

En tierras tunecinas ya se habían asentado tres siglos antes familias de andaluces como los Jaldún, uno de cuyos integrantes, Abderramán, volvió y vivió un tiempo en la Sevilla de Pedro I. Fue el primero en reflexionar sobre las causas profundas de los acontecimientos, la Filosofía de la Historia, una ciencia que otros pensadores «descubrieron» sólo hace 100 años. Tiene allí el mayor monumento de la capital y aquí, a parte de los apellidos Haldón y Jaldón, la torre de los Haldones, en la hacienda Doña María, de Dos Hermanas.

Pero la gran transformación tunecina, lo que la hizo pasar de simple lanzadera de corsarios turcos a país con personalidad fueron los cientos de miles de moriscos andaluces y levantinos que llegaron tras su expulsión hace ahora 400 años. Ya no hablaban el árabe; solo el castellano o el catalán y, a parte de dejar una producción literaria considerable, estructuraron el territorio con obras públicas como la entera restauración del acueducto romano de Zaguán –de Adriano–, con diez veces más de longitud que los Caños de Carmona, presas hidráulicas, carreteras, madrasas y mezquitas que aún conservan sus relojes (igual que los de las torres parroquiales) en los alminares y tienen mibrab tan barrocos como los altares de cualquiera de nuestras iglesias.

Cuando llegaron los gobernó Luis Zapata y, a su muerte, lo sustituyó Mustafá Cárdenas (diplomáticamente ya había turquizado el nombre). En su escuela, aún en uso y cuyas paredes, curiosamente, decoran azulejos en los que sus dibujos repiten hasta la extenuación la actual bandera de Andalucía, se continuó enseñando castellano a los niños hasta el XVIII. Conservaron sus costumbres y, en ese tiempo, un franciscano que llegó a Testur asistió como espectador a una corrida de toros.

Túnez, como México, fue otra Nueva España pero que España nunca vio. Los ilustrados borbónicos como Jovellanos, que tanto criticaron la expulsión de los moriscos por la Casa de Austria, no supieron desentrañar la Historia y trazar lazos con ellos que acrecentaran la influencia española en esa África, romana antes que árabe, de la que había sido obispo San Agustín. En vez de hacer eso, Carlos III abandonó Orán sin que, ni siquiera, se la hubieran pedido.

Pudieron más los prejuicios y los atavismos, la consideración de que aquella gente no podía ser española aunque se llamaran Herrera, Castillo, Jaén, Torres… y así hasta cientos de gentilicios no sólo porque tuvieran otras creencias (que, entre los expulsados hubo muchos cristianos sinceros y hasta clérigos) sino porque, aunque hubieran asimilado el Renacimiento y el Barroco no eran castellanos viejos. Y así, los nietos de los moriscos que fueron desembarcados en las playas tunecinas quedaron separados de las ideas de la Ilustración de Europa y América. Ahí, truncada la continuidad cultural, se abrió una falla que atraviesa el llamado mundo árabe y que aprovechan ahora los terroristas.

Nadie, en las universidades de Túnez, en las de España y en las del mundo tuvo noticias de Abenjaldún, oriundo de Carmona, hasta que el francés Silvestre de Sacy, maestro de Pascual de Gayangos, descubriera su obra y la tradujera. Allí, desde el siglo XIV, estaban las pautas que marcan el ritmo de los imperios y las razones de la decadencia que corroe las glorias con los mismos gusanos del Discurso de la Postrimería. Allí dormía la Filosofía de la Historia que ahora se necesitaría, como agua de mayo, para parar la barbarie ciega que golpea sin distinción todas las latitudes de un planeta caminando con los ojos vendados sobre el filo de una navaja.

17
Mar/2015

Doctor Atomic now

La ópera que en estos días se representa en el Maestranza no se ajusta a cánones clásicos, ni a los que comparten con la opereta la tangente de la comedia de enredo ni, tampoco, a los que ahondan en los dramas personales; para sus autores –el compositor John Adams y el libretista, Peter Sellars– los protagonistas no son los actores sino el tiempo, el instante en el que el mundo iba a volver la última página de los capítulos de su devenir desde la Prehistoria, tal vez desde el descubrimiento del fuego, hasta una nueva era, la Era Atómica. Al margen de la crítica –literaria o melómana, que no entra en este artículo– mientras la música se desenvuelve en espiral hacia el paroxismo y sus compases son los del tiempo que avanza inexorablemente hacia el apocalipsis, los personajes que preparan el ensayo de la primera bomba sin estar seguros de la potencia y el desorden cósmico que puede provocar, se enzarzan en diálogos banales.

Una de las conclusiones que pueden sacarse de esta obra es, precisamente, la de la banalidad como constante en el devenir de las colectividades. Ahora mismo, cuando se acerca al momento en el que los andaluces se aprestan a elegir su futuro (millones y millones de personas no pueden hacerlo en otras partes del mundo) la banalidad prevalece sobre la reflexión porque son más fáciles los juegos apocalípticos que explicar cómo los buenos gobernantes toman sus decisiones mientras escuchan el tic-tac del reloj y están empujados por su inexorabilidad. Que son elegidos para evitar los apocalipsis, no para predicarlos.

13
Mar/2015

La murga de la Giralda

Hay dos períodos de tiempo en los que se puede decir lo que se quiera: el carnaval y las campañas electorales; en el primero eso se hace buscando la oxigenante transgresión anual de las normas y en el segundo, frecuentemente, la intoxicación. Por ahí parece ir la murga de Podemos con su reivindicación de que la Giralda pase a ser de propiedad pública porque la torre de Ben Baso y Hernán Ruiz no es un elemento aislado sino que forma parte de un conjunto, el de la catedral de Sevilla. Podemos podría haber prometido la derogación de la ley con la que Aznar subvirtió otra de la II República, que ni Franco tocó –elaborada por arabistas como Gómez Moreno y Torres Balbás– según la cual esos bienes monumentales eran de propiedad eclesiástica pero de titularidad estatal, o sea, formaban parte inalienable del patrimonio de esta nación y de sus ciudadanos. Podría haber prometido cerrar el portillo que se abrió en la nueva ley de los primeros años de la España democrática al obviar lo de la titularidad pública cambiándolo, simplemente, por la prohibición de enajenar. Podría haber planteado que si la Iglesia Católica se ha arrogado la potestad de poner a su nombre miles de edificios, habrá de pagar por ellos, como cualquier vecino o entidad, el correspondiente Impuesto de Bienes Inmuebles. Podría haber intentado convencer de que quería gobernar.

Evidentemente no existe un contrato de compra-venta de la mezquita del siglo XII y su alminar; tampoco existía entonces separación de las esferas civil y religiosa y, tanto la construcción de la seo gótica como la remodelación de la torre por el cabildo se pagarían sin que quienes aportaron el dinero distinguieran entre una y otra: la Historia, como los ríos, no fluye hacia su nacimiento sino hacia su desembocadura y hacia ahí debe ir todo el que proponga gobernar: la acción de gobierno ha sido calificado como el «arte de lo posible». ¿Donde está la Giralda separada del resto del conjunto catedralicio? Pues sólo en la mente de los artistas, artesanos y tiendas de recuerdos turísticos que, con un sólo paso más, los canónigos llegarán a donde ya han llegado las hermandades y exigirán permisos y royaltys por las reproducciones. Con esas premisas Aníbal González tendría que haber pagado por la fachada de lo que fue Cine Trajano en la calle Amor de Dios. «Es la economía, imbécil» lo que hace ganar las elecciones le dijo Bill Clinton a Bush padre. No los carnavales, digo yo.

 

10
Mar/2015

Parábolas electorales

Calderón de la Barca puso versos a la historia de aquel hombre que sólo tenía como alimento las hierbas del campo y que creía ser el más pobre de todos hasta que volvió la cabeza y vio como otro recogía las que él había tirado. Indudablemente se trataba de una parábola para tratar de decir que nadie debía considerarse el más pobre de todos y contentarse con su suerte. El argumento se adecuaba a un tiempo en el que cada cual tenía que buscarse la subsistencia y en el que, cuando la conseguía a duras penas, el remedio era resignarse. Hace ya mucho que la gente de un mundo como el nuestro no está desvalida; nadie en la socidad civil –otra cosa son las doctrinas religiosas– habla de resignación y tanto los partidarios del socialismo como los del capitalismo liberal ofrecen fórmulas para saltar sobre ella.

Las parábolas, sin embargo, siguen existiendo y los personajes de la de Calderón, en las nuevas circunstancias, también; sólo han cambiado los papeles que se les asignan. Ahora hay quien toma de protagonista al de detrás y pone como enemigo a batir al de delante y eso también sucede en un campo y en otro. En el de la derecha esta nueva parábola la ha escrito en forma de comic el presidente de Extremadura y en la izquierda la enjareta a diario Podemos en la campaña electoral en la que los andaluces estamos inmersos. Desde las dos posiciones la parábola borra de su relato a los causantes de las desgracias de ambos hombres: a los dueños de los campos en los que están sembradas esas hierbas que se ven (nos vemos) obligados a comer.

08
Mar/2015

Regreso a Tarfía

‘La Isla Mínima’ ha puesto ante los ojos de todos unas tierras en las que el Guadalquivir adquiere la forma de un cerebro.

El final del camino que Peter O’Toole y su asistente realizan en Lawrence de Arabia para llegar desde Ákaba a El Cairo lo marca la escena donde divisan un barco navegando por un desierto que resulta ser la ribera del Canal de Suez. Esa estampa exótica, sin embargo, no era la de un paisaje egipcio sino del territorio redescubierto por los fotogramas de La Isla Mínima: las marismas del Guadalquivir.

La película de Alberto Rodríguez ha puesto ante los ojos la desmedida llanura con la misma extensión de Mallorca –3.650 kilómetros cuadrados– pero desconocida aunque se encuentre casi a tiro de piedra de la Giralda, unas tierras en las que el río adquiere la forma de un cerebro con las curvas y contracurvas de los brazos, caños, tornos, vados, puntas, lucios… llenos de vida silenciosa, diversa y oculta donde, desde siempre, las aguas marinas y fluviales libran una guerra interminable con batallas y treguas.

Entre Sevilla y las Arenas Gordas de Bonanza está la terra ignota de los mapas antiguos con visos de no haber sido explorada nunca aunque hasta allí llegara en el siglo XIV la abadesa de las monjas del monasterio sevillano de San Clemente a disputarle a los Guzmanes las pesquerías (caladeros de angulas, langostinos, sábalos, albures, sabogas y esturiones entonces sin valor por ser alimento de la gente baja) que el rey había concedido a su convento.

En el XVIII dejaron de pasar los barcos y las gentes: aquello quedó para caballos mostrencos, toros salvajes, garzas, gallaretas, cigüeñas… hasta que el azulejo sobre la escalera de Tagua, en el puente de Triana anunció la línea de los Ybarra Sevilla-Sanlúcar-Mar, con muelles en varios puntos y Fernando Villalón se fuera en su coche amarillo al cortijo de la Señuela a componer una obra de teatro griego, La Toríada, con Gerión como demiurgo, de la que aún nadie se ha acordado para representarla en Itálica o Mérida. O en el Teatro Real de Madrid al que –dicen– llegó una noche con el traje de corto andaluz porque se exigía ir vestido de gala.

También escribió los Romances del Ochocientos: «Islas del Guadalquivir/ donde se fueron los moros/ que no se quisieron ir», sabiendo que aquello pertenecía al Brazo Morisco, como las aguas de enfrente –el territorio del pito rociero– al que se llamó portugués o gallego. Y con una idea mágica –como la que ha creado La Isla Mínima– abordó un día, con su primo Manolo Halcón, Rafael Porlán y un peón lebrijano llamado Marrufo la empresa de colonizar surrealmente la más pequeña de todas las islas, Tarfía. Halcón lo contó en Memoria de Fernando Villalón y Porlán dejó de aquello un libelo, Pirrón en Tarfía, en realidad, un manifiesto tan surrealista como el de Apollinaire lanzado cuando Buñuel y su perro andaluz aún no habían salido de la Residencia de Estudiantes.

Tras el fracaso de ingleses, suizos y el marqués de Casa Riera (y de los camellos importados) la hambruna de la guerra convirtió la marisma en una llanura china con valencianos que la sembraron de arroz y, tras ellos, cientos de braceros andaluces y extremeños que tenían por dirección postal –no menos surrealista– la mesa de billar del bar Venancio sobre la que las cartas formaban una pirámide.

Fueron los años en los que el fotógrafo Mario Fuentes peregrinó de casa en casa como retratista y, de paso, recogió el pálpito vital de las penosas faenas agrícolas, las ceremonias de nacimiento, boda y muerte en los poblados… Todo quedó recogido en miles de fotos que duermen plácidamente –aunque perfectamente clasificadas– en los archivos del Museo de Artes y Costumbres Populares. Puede ser que algunas llegaran a las manos de Spielberg y lo decidieran a escoger lugares cercanos a Tarfía para el rodaje, en 1986, de El Imperio del Sol; allí levantó la impresionante pagoda que nadie se preocupó por conservar.

En el año 2000 Atin Aya nos dejó otro horizonte inconmensurable: el de su exposición y su libro Las marismas del Guadalquivir, una obra jonda, o sea, con vocación profética, reflexión inspiradora de La isla mínima que ahora, tras sus premios, ha pasado de musa a fetiche. En una paráfrasis del cuadro de Magritte Esto no es una pipa, de la creación de Atín también podría decirse Esto no son las marismas. Desde que aquella abadesa disputara a los Medinasidonia las angulas, éstas han pasado a ser manjar de precio astronómico; en cambio los poblados de Dora, Rincón de los Lirios, El Puntal, Veta la Palma, Reina Victoria… siguen estando en las coordenadas que Manuel Machado fijó para Córdoba: lejanos y solos.

03
Mar/2015

Tópico y dignidad

Andalucía es un ejemplo paradigmático de la pervivencia y persistencia de clichés a pesar de que la realidad los desmienta y, en la ceremonia de concesión de las medallas de la Comunidad, Alberto Rodríguez llamaba a «huir de los tópicos que la definen», una tarea que, si en España existiera el patriotismo, habría de ser compartida por quienes los padecen y aquellos que los usufructúan. El origen de la Andalucía tópica está en que, desde mediados del XIX hasta Fraga Iribarne y más acá, España tuvo que vestirse de andaluza para poder venderse en el exterior como diferente. Hoy la diferencia, minimizada en el toro de Manolo Prieto (vulgo, de Osborne), se sigue vendiendo a los turistas en las Ramblas barcelonesas –aunque la corrida sea la bicha del soberanismo catalán– como un tópico en vez de como la más hermosa escultura en el paisaje que tiene toda la península.

También la pregonan los tablaos con un flamenco artítrico y estereotipado que nada se parece al que están forjando los creadores actuales, el que triunfa en el cante y el baile de la ópera El Público, de García Lorca, en el Teatro Real de Madrid, por ejemplo. La Andalucía tópicamente diferente no existe pero es un bien de uso generalizado. Y su uso y abuso seguirá existiendo mientras haya andaluces que crean que el tópico es el tributo que ha de pagarse obligatoriamente para que cuanto aquí se produce se haga visible en el mundo sin pensar que el más valioso plus añadido de cualquier producto (lo que hace que lo producido sea rentable) ha de estar envuelto en dignidad.

 

23
Feb/2015

El penalti más largo del mundo

El cuento de ese título, de Osvaldo Soriano y pasado a película por Roberto Santiago, es, en realidad una metáfora sobre gente condenada a estar bajo la espada de Damocles, o frente al punto  desde donde le lanzarán un penalti trascendental cuya ejecución se posterga indefinidamente. El escritor argentino y el director español hubieran rizado el rizo si en vez de poner la pena máxima en el último segundo de un encuentro futbolístico de división regional hubieran llegado al surrealismo imaginando otra falta consistente en que el mismo equipo hubiera de sufrirla, por decreto, en el encuentro crucial de cada liga.

En esa situación, irreal, está Andalucía que, puntualmente, termina sus legislaturas con el fatídico deber de parar un penalti en contra. Podría parecer que es una cuestión de tarjetas rojas a gobernantes que se eternizan en el poder pero resulta que en 35 años ha tenido 6 (España en 38 sólo 5) o porque quieren quitar del reglamento que siempre gane eñ mismo. Todo menos pensar lo que, en realidad, sucede: que, después de siglos de jugar en competiciones regionales, los andaluces -los de abajo, como se dice ahora- vieron la posibilidad de ascender. Y ahí estaba el PSOE de aquí abajo que, con gente mejor o peor como cualquier otro partido, respondía a sus espectativas. Aquella osadía era la que no se podía consentir y la primera tarjeta la sacaron con la célebre pregunta -surrealista- del referendum del 28-F de 1980 y ahí seguimos en el mismo penalti, el más largo del mundo: unas veces lo pitan jerifaltes y otras jueces.

16
Feb/2015

Olvido de don Francisco

Ayer pasé por el colegio de mis nietos; se llama Francisco Giner de los Ríos de cuya muerte se cumplen hoy, precisamente hoy, 100 años sin que la efeméride haya tenido la menor resonancia con lo que aquí resuena cualquier aniversario de tres al cuarto. Pero, a lo mejor, es eso lo que pasa, que muchas de nuestras grandes figuras no son percibidas como tales porque nadie habla de su grandeza. Nos hemos ido por el lado fácil, por ejemplo, levantar un monumento a los maestros (o a cualquier otra profesión, como si todos los que la componen fueran dignos de encomio) olvidando al Maestro por antonomasia que, perseguido, expulsado de la Universidad y encarcelado por sus ideas no sólo se mantuvo en sus principios sino que -junto a otros depurados- fundó la Institución Libre de Enseñanza en un país sin libertad de cátedra y, además, lo hizo sin revanchismo ni odio.

Sin el centro donde estudiaron los Machado o sin la residencia sonde trabajó Juan Ramón Jiménez y se formaron Lorca, Alberti, Bueñuel, Dalí y un largo etcétera, difícilmente huibera florecido lo que se ha llamado nuetra Edad de Plata. Sin el ideario de la Institución habría sido aun más difícil llegar al actual sistema de Enseñanza Pública democrática y de calidad, amenazado continuamente por esa derecha reaccionaria que tiene en Wert su bandera. Por eso resulta incomprensible que en la izquierda no se le siga haciendo el “duelo de labores y esperanzas” que Antonio Machado proponía en su poema de adiós al maestro. ¿Le leerán hoy, al menos, esos versos a mis nuetos en su colegio?

09
Feb/2015

La paradoja del laberinto

A España la democracia llegó en 1977 por el difícil camino de una “reconciliación” que se parecía a la del Estatuto Real de 1834 y también, aunque menos, a la salida del fracaso de la I República por la Restauración monárquica; con aquellas soluciones peculiares el país, como en un Juego de la Oca, fue dando tumbos hasta toparse con el Golpe de Estado de 1936 que volvió a sumirlo en una situación decimonónica de la que sólo conseguiría salir con las carencias que han glosado centenares de volúmenes y miles de artículos o discursos y que, en los últimos tiempos, han sido los detonantes para la aparición de nuevas fuerzas políticas cuyos idearios se basan en la reivindicación de poderes reales para la ciudadanía.

De la suma de votos que las últimas encuestas otorgan a los partidos -nuevos o preexistentes- partidarios de la profundización democrática resulta una mayoría apabullante que permitiría atar todos los cabos que en materia de estructuración federal del Estado, igualdad, educación, sanidad, dependencia, interrupción del embarazo, derecho real a la vivienda… quedaron sueltos o se han soltado luego. Pero, paradójicamente, todo eso, o sea las razones esgrimidas para saltar a la palestra política, se han perdido en el laberinto del baratillo electoral en el que cada cual se adjudica una mayoría que no tiene olvidando la que, entre todos, se podría tener. ¡Patética situación, tan parecida a la de 1834 y a la de los estertores de la I República! Otra vez en el fatídico Juego de la Oca para caer en el Laberinto y volver al 30.

02
Feb/2015

Juan Teba

A la par que la vida llena los años, la muerte la vacía de amigos. Las notas necrológicas insisten, una tras otra, en sus biografías como si se tratara de currículos hacia el más allá, con fórmulas ceremoniales casi idénticas hoy a las del antiguo Egipto, como si todos los tiempos fueran iguales y también las personas que nos dejan. Pero eso no es verdad: hace medio siglo vivíamos tiempos cruciales y hubo quienes cumplieron papeles diferentes en la encrucijada. Franco y su régimen se consumía lenta pero inexorablemente y, ante ello, había quienes optaban por ser “camisas viejas” de lo que sucediera y los que, como Juan, buscaban abrir las grandes alamedas.
No quiero cantar ni puedo -ahora- que comenzó en “El Correo” y luego, en “El País” o “Diario 16 de Andalucía” hasta llegar a ser el rostro que nos daba las noticias en “Telesur”: eso sería borrar su militancia sin sectarismos en el campo de la Libertad y borrar, incluso, que ese campo, diferenciado del de enfrente, existió; quiero recordar la isla de libertad de su despacho de Iberia en Martín Villa, los artículos sobre las luchas por la tierra de los jornaleros, el maravilloso reportaje sobre la Semana Santa que terminaba con la palabra Tolerancia… Juan Teba se ha ido sin remisión pero olvidar su papel en aquel tiempo ilusionante y dramático y ese tiempo en sí mismo sería, como a los réprobos del viejo Egipto, cerrarle el paso a la otra vida, la eterna, la de su recuerdo en la clepsidra del tiempo que, para bien o para mal. sigue llenando el cuenco de los años. Inexorablemente.