La exposición de esculturas desde los últimos golpes de gubia del gótico a los del barroco tardío que ahora exhibe el Museo de Bellas Artes estaba el otro día llena de franceses, ingleses e italianos; también había españoles sin que claramente pudiera distinguirse quiénes eran sevillanos o andaluces y cuáles no. Todos admirábamos las obras allí expuestas y ninguno habíamos pagado por verlas. A los de aquí eso nos parece algo natural pero a los extranjeros (y a muchos españoles) les sorprende porque, salvo alguna rara excepción como la del British Museum, en sus respectivos lugares eso no sucede.
A simple vista podría parecer que por eso somos más democráticos pero estoy convencido que la gratuidad de las visitas engendra una lógica perversa que, en tiempos de crisis como ésta, puede tener consecuencias desastrosas: si la administración aporta por necesidad poco y no existen entradas de dinero, los museos recortarán servicios, con lo que tendrán cada vez más carencias y, en caso de que tuvieran muchos visitantes, las carencias aumentarían al necesitar más medios para un mantenimiento adecuado. No podrán, por tanto, realizar publicidad de sí mismos y de sus eventos y eso es lo que le sucede a la nueva sala del Tesoro del Carambolo en el Arqueológico, con escasas visitas.
Es urgente, por tanto, un cambio de política en este campo, no tanto porque los ingresos vayan a ayudar a enjugar el déficit sino porque son nuestros museos los que los necesitan si se quiere que sigan cumpliendo con su cometido. En nuestra época y en Europa es impensable que un gobierno se olvide de los museos pero aquí y ahora sería una imprudencia temeraria dejar correr el tiempo sin poner en marcha una política de pago a las visitas. Continuar con la gratuidad no significará su salvación sino su condena.
Desde hace casi dos siglos, y tras varios en los que no fue sino auxiliar administrativa de otras disciplinas, en la izquierda y en la derecha, desde la China de Mao al Vaticano, la Economía se convirtió en motor de la Filosofía de la Historia, dejando a un lado otras categorías del Pensamiento colectivo como la Teología o la Metafísica. Una de las excepciones a esta regla fue España: las cadenas mentales que fabricó ella misma para sostener el Imperio únicamente dieron de sí una nostalgia sentimental que permanece y se viene arriba en cuanto tiene ocasión.
La vemos estos días en nuestras dos mitades: la nostalgia del pasado autoritario ha aflorado en las medidas contra quienes han acudido a las concentraciones del 15-M, un movimiento que el PP vio con condescendencia mientras gobernaba el PSOE porque le ayudaba a ganar y al que ahora, aunque no haya surgido en él la mínima violencia, ataca con la de la vieja represión policial y con los mismos argumentos que usaba el franquismo: la delegada del Gobierno en Madrid ha dicho que “tras el 15-M hay una organización y soporte económico” con la misma desfachatez con la que en aquellos tiempos se decía que una mano negra pagaba a los que osaban manifestarse.
¿Soporte económico? El Mayo del 68, al poco de nacer, había inundado el mundo de pósters del Che o de Vietnam, de pañuelos palestinos, de canciones de Joan Baez y Bob Dylan, de merchandising hippy; creó industrias que aun duran. A parte de un modelo de papeleta electoral que sirvió para multiplicar los votos nulos, el 15-M en 2011 no produjo nada y el de 2012 ha resurgido prendido en la nostalgia del anterior: eso eran las lágrimas de miles de personas el otro día en las Setas. Sigue vigente el “que inventen ellos” de Unamuno mientras vamos a lo nuestro: pegar y llorar.
Si no me equivoco la iglesia de Santa Catalina fue el primer edificio de Sevilla declarado Monumento Nacional a comienzos del siglo pasado, cuando el modernismo había sido proscrito en la ciudad y el historicismo, convertido en “estilo sevillano” –o sea, en regionalismo– se adueñaba de la avenida y del alma colectiva. Sevilla se reinventaba a sí misma pensando en vertebrar otro imperio, una especie de commonwealth sentimental, universal y local a la vez, recortando y pegando su pasado en el puzzle del que debería salir su retrato del futuro: Santa Catalina fue todo un símbolo en ese proceso.
Su espléndida y rara portada, calificada de mudéjar sin muchos miramientos, fue ocultada por la que se le había arrancado –con menos miramientos aún– al antiguo templo de Santa Lucía (ése con el que ahora no sabe qué hacer Cultura) gracias a la filantropía de un indiano, Rafael González Abreu, que también había comprado lo que quedaba del convento de los Remedios para dedicarlo a centro de estudios hispano-cubanos. Aquellas operaciones de quita y pon, que llegaron también al barrio de Santa Cruz por obra del marqués de la Vega-Inclán y al palacio de Monsalves con los Sánchez Dalp, escandalizarían hoy y, probablemente, no existan restauradores que se avinieran a realizarlas.
Pero también falta el espíritu de aquellos mecenas, que no eran bancos ni entidades en busca de fórmulas para pagar menos a Hacienda sino personas con pensamientos altruistas. Santa Catalina se cae a pedazos pero sólo se mira a las administraciones –local, autonómica, nacional– para ver qué hacen en un momento en el que, demagogias aparte, pueden hacer muy poco. Y, sin embargo, algo habría que hacer. Si antes existían mecenas que aportaban un millón, ahora puede existir un millón de mecenas que aporten un euro.
Hasta aquí, la historia de un falso cura parecía algo sólo posible en argumentos de películas de hace sesenta años como La mano izquierda de Dios, con Humphrey Bogart pasando de piloto americano derribado en China a misionero abnegado, o como asunto de una posible novela de Graham Greene que transcurriera en ambientes espesos pero resulta que era tan real como la vida misma y teníamos uno a la vuelta de la esquina de León XIII, o sea, en Pio XII. Y, además, a decir de sus feligreses, como el Bogart de celuloide, era una persona entregada a su ministerio y que ayudaba a la gente. Hace 300 años hubo en Sevilla un falso obispo armenio, citado por el Padre Isla en su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas alias Zotes y del que nos habló Don Antonio Domínguez Ortiz en un artículo: se enroló el buen hombre para ayudar a los maestrantes a entronizar a Felipe V en un regimiento llamado de Triana, como señala Justino Matute en su Aparato para recoger la Historia del barrio, pero esa entrega tampoco fue recompensada y quien sabe como acabaría: a parte de no ser obispo, tampoco era armenio: se llamaba Francisco Camacho y había nacido en Manzanilla.
Del cura de Pio XII que no lo era va a quedar la conclusión desgarrada de un titular en estas páginas -”entonces, la primera comunión de mi hija no fue válida”- que evidencia los parámetros del drama que puede darse en este mayo florido lleno de floripondios, de falsos ritos prendidos de una falsa religión con la que padres, madres, curas, obispos y, por supuesto, hosteleros tienen montado un cuento de nunca acabar: el aparato esperpéntico de unas primeras comuniones falsas. Porque, como dice un amigo mío, católico a machamartillo, en realidad son, al vez, las primeras y las últimas: una película deleznable.
En medio del chaparrón del sábado de Feria, un jinete, con una jarra de rebujito en la mano, lanzó su montura al galope por las calles del Real y otros varios, refugiados bajo una marquesina, le dijeron de todo porque, en Sevilla, quienes tienen caballo y los que sabemos qué está bien o mal hecho en ese campo: el caballo es nuestro animal totémico, forma parte de la religiosidad ancestral. La bicicleta, en cambio, es una importación sin asimilar aún. En el resto de Europa fue el basamento de una cultura proletaria (ver las novelas de Guareschi sobre el cura Don Camilo y el comunista Pepone) que en nuestra civilización agraria no existió: pasamos directamente del borrico al amotillo.
La conversión de la bicicleta en un medio masivo de transporte urbano se la debemos al Despotismo Posilustrado del bipartito (Arenas ha acabado siendo el Don Matías, inventor de palabras, de La Colmena) Monteseirín-Torrijos. Sevilla tuvo hace 100 años una industria aeronáutica pero nunca una fábrica de bicicletas y, como sucedió con el vino de Jerez, hubo de llegar una empresa francesa para extenderla; el proceso de asimilación cultural es otra cosa: es, por ejemplo, lo que pasa en Amsterdam en la plaza Dam.
Allí se usa con la bicicleta la misma regla de tres que en las calles de la Feria –o las de la aldea del Rocío– con los caballos: la de asimilar velocípedos o cuadrúpedos a peatones por medio de una medida tan simple como la limitación de la velocidad. Si un ciclista cometiera la locura de circular a la velocidad con que lo hacía el jinete del sábado de Feria por el espacio ferial que cierra la calle Asunción, seguramente lo increparían con idéntica acritud; pero igual que aquí nadie ha pedido por eso la supresión del paseo de caballos, en Holanda tampoco pedirían prohibir las bicicletas.
Cuando Pablo de Olavide llegó a Sevilla en los años sesenta del siglo XVIII se encontró una ciudad esclerotizada donde reinaba la pobreza y en la que a la gente le era imposible salir del nivel social en el que había nacido. Rebelándose contra aquella situación abrió una escuela en la casa de la calle San Vicente que ahora es sede andaluza del PSOE para formar en las artes escénicas a jóvenes de ambos sexos; por esto –el eterno problema de la educación mixta– el establecimiento recibió críticas acerbas y hubo de cerrar, quedando también cerrada la carrera de los escolares.
Algunas de las alumnas, sin embargo, triunfaron en la tonadilla y gracias a ello hubo quienes, como María del Rosario Fernández La Tirana o María Antonia La Caramba, rompieron su estatus social y fueron famosas. Tal vez venga de ahí la estela de gloria que arrastran la copla y la canción popular, y seguramente a eso se ha agarrado el alcalde para pregonar urbi et orbe vía twitter ese concurso para hacer brillar el talento sevillano. Reducir talento a copla ya es de por sí una operación difícil; casi tanta como la de Telva en su exposición callejera reduciendo Sevilla a nobleza rancia y folclore, pero también los jíbaros reducen las cabezas.
Esta modernidad de la que gozamos hubiera cambiado aquella ciudad del setecientos dejada de la mano del Imperio; ahora llega con dos siglos y medio de retraso: en el terreno de los que buscan desarrollar sus dotes musicales, Sevilla tiene un Conservatorio Superior de Música, otro profesional, varios elementales, institutos con el Bachillerato Artístico y una Escuela Superior de Arte Dramático. Entonces, probablemente, Juan Ignacio Zoido hubiera sido un buen Olavide; hoy esa operación en busca de talentos no parece más que puro populismo y él un Olavide sin causa.
El asunto de la Fundación Cansinos Assens retorna cansinamente a la actualidad para quedarse en el mismo sitio: es lo que les sucede a los muertos (y me refiero a la fundación), que permanecen quietos para toda la eternidad. Pero ante la resurrección del tema no puede por menos de pensarse en el retorno glorioso a Sevilla de Gustavo Adolfo Bécquer en 1913 como broche de una campaña ideada por el círculo de sevillanos afincados en Madrid, con los Álvarez Quintero y Coullaut Valera de protagonistas. Aquello fue muy sencillo: los Quintero escribieron una obra teatral cuyos derechos cedieron simbólicamente al poeta y el escultor marchenero ideó el monumento. Lo demás fue pan comido.
Es verdad que “sólo” se trataba de traer sus restos y que, entonces, la cuestión de los derechos de autor –y más lo de un poeta– era una nebulosa pero existía una diferencia fundamental: Bécquer era muy popular y por eso la gente acudió en masa a la llegada del féretro y a su traslado al Panteón de sevillanos ilustres. El archivo de Rafael Cansinos Assens seguramente contendrá cosas interesantísimas pero él y la mayoría de quienes formaban las corrientes literarias de aquellos años son, desgraciadamente, unos perfectos desconocidos para la gran mayoría de sevillanos, andaluces y españoles.
Ésa es una cruda y triste conclusión; otra, derivada de ésta, es que por eso da igual que sus escritos estén en Madrid o en Sevilla; la tercera que, visto lo visto, sus familiares parecen estar más preocupados de sus dividendos que de su fama. Y la cuarta, que las Consejería de Cultura y de Educación del nuevo Gobierno andaluz, siguen teniendo pendiente una tarea que no abordaron las anteriores: dar a conocer el legado de esos movimientos literarios e incorporarlo al patrimonio común. Y eso cuesta muy poco dinero.
Que se piense que la Velá de la Señá Santa Ana necesita de reformas y de nuevas ordenanzas me parece lógico porque, por un lado, Triana comenzó a cambiar desde tiempos de Soledad Becerril y continuó transformándose en los de Monteseirín y, por otro, con reglas e imaginación, esos festejos podrían llegar a ser, de alguna manera, la Feria del Verano, incluso incorporándole oficial u oficiosamente la temporadita taurina nocturna de los noveles, que para eso Chaves Nogales inmortalizó a los torerillos capitaneados por Belmonte en el compás de la iglesia de San Jacinto.
Pero que el leit-motiv de esas ordenanzas esté en lo que fue la bandera de España de 1931 a 1936 o a 1939 según se mire, y a su trapío en la zapata me parece pueril. Dentro de 19 años –pasado mañana como quien dice– la II República Española cumplirá un siglo; tenemos entre manos por tanto una cuestión histórica, similar a la de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, donde en los territorios que optaron por la Confederación esa insignia campea por todas partes sin que la sangre llegue a otro río que no sea el del folclore, resumido magistralmente por Billy Wilder en Un, dos, tres.
Y, además de pueril, inútil como todo lo que se mete entre ceja y ceja. Durante los años de franquismo se saltó todas las normas de la censura un cartel anarquista: las letras CNT de enormes dimensiones pudieron verse durante décadas en el tejado de la cárcel de Ranilla: las formaron los presos que lo arreglaron combinando tejas de distinto color. O sea, que sería mejor pensar en cómo mejorar la velá sin tocar esa cuestión. O convertirla en folclore colocándola en el puente como pregona la bulería. Es lo mismo que han hecho los norteamericanos, poniendo todas sus banderas históricas alrededor del monumento a Jorge Washington.
Cuando la Iglesia católica tenía una liturgia coherente con su propia cosmovisión, la Pasión y la Gloria se engarzaban coherentemente; la primavera era un libro abierto cuyos capítulos, como los tímpanos de las catedrales góticas, narraban el devenir del mundo y contestaban a las preguntas de la vida: 40 días desde el miércoles de Ceniza al jueves de la Pascua y otros 40 desde la Resurrección al jueves de la Ascensión de Jesús, dos de los tres que en el año relucían más que el sol; 10 días más tarde se celebraba, Pentecostés, la aparición física del Espíritu Santo, y transcurrían otros 10 hasta celebrar la presencia permanente en la Tierra de la divinidad: el Corpus, el tercer jueves luminoso.
El período del invierno al verano, medido por la Luna, no daba para más. El jueves soleado de la Ascensión se fue no se sabe dónde y Pentecostés terminó por acapararlo una romería rural, la del Rocío, ascendida a los cielos por los avatares de la Historia; los capítulos primaverales de la religiosidad popular se difuminaron en ese cajón de sastre llamado las Glorias. Porque, mientras los rituales pasionistas contienen, como ahora se dice, narración, en éstas cabe cualquier cosa y sólo se sustentan en la similitud externa con los de la Semana Santa de unos prolegómenos que no interesan más allá de círculos endogámicos.
Es en ese batiburrillo formalista, levantado con las cosas más diversas para que resulte un trampolín, donde se pierde la diversidad de las tradiciones, la singularidad de las que vienen de tan lejos como las Estaciones del Abad Gordillo, la personalidad de aquellas que aparecieron en el setecientos y donde se castra la posible fertilidad de las que son recientes. Se ha erigido una religiosidad administrativa eliminando cuanto había de popular. Una triste gloria.
El municipio es la institución social y política más antigua de la humanidad y la más cercana a las personas. Las ciudades griegas inventaron la democracia y las medievales vertebraron el territorio europeo; de alguna manera se erigieron en demiurgos, en organizadores de la sociedad y de sus manifestaciones. En España cada ciudad y cada pueblo fue construyendo siglo a siglo su propia personalidad y el conjunto de los de Andalucía forma el mosaico cultural irrepetible que constituye el disco duro de nuestro patrimonio inmaterial.
Pero, como si todo eso no fuera otra cosa que una banalidad, el Gobierno de la Nación ha lanzado la propuesta de que es necesario unir poblaciones con el argumento de racionalizar sus gastos. No se nos dice en qué medida se rebajarán éstos (en muchos de las pequeñas los alcaldes y concejales ni siquiera tienen un sueldo), no se consideran, al parecer, importantes las características que los diferencian ni cómo fueron las relaciones que mantuvieron durante siglos y, sobre todo, no se ve que se piense que esos enclaves están compuestos por ciudadanos que deberían emitir su opinión.
Los dragones mitológicos tenían muchas cabezas; al de “la crisis” le nace cada día un nuevo estómago. A aquel se intentaba aplacarlo entregándole de vez en cuando una doncella y éste, insaciable, después de devorar el bienestar, está empezando a exigir también el bienser en el que se sustentaba la democracia, el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo en frase lapidaria de Lincoln. La Economía es importante pero no puede convertirse en un espantajo mitológico y, además, tiene más valor la Vida y ésta, después de siglos de sangre, sudor y lágrimas, solamente tiene una cabeza: se llama Libertad. Su reino ha de extenderse desde los continentes a los municipios.

