08
Ene/2015

Morir riendo

La misma sinrazón por la que los masacraron sin piedad, a tiros y uno a uno, era la razón por la que vivían. La risa liberadora, iconoclasta e irreverente fue su pacífica forma de combate en una sociedad que peca de seria. ¡Cuánto daño hace a quienes viven instalados en su diabólica verdad! Ellos lo sabían porque vivían amenazados y bajo protección policial. Pero si la crisis económica no pudo con ellos, mucho menos iban a rendirse ante la intolerancia o el dogmatismo fanático que los perseguía sin tregua. Ese era su rival en un campo de combate abierto, sin trincheras. Y su arma la paleta de colores con la que terminaban dibujando la viñeta más hiriente que sus inteligencias pudiesen dar. El enemigo se veía reflejado y se asustaba de sí mismo. Los periodistas del Charlie Hebdo no buscaban herir sino causar risa y librarnos con ella de lo que ciertos credos imponen para horror y espanto de la libertad de los demás. A veces lo conseguían, otras no, pero su profunda fe en el ser humano y sus ansias de una justicia global los mantenía pegados, semana tras semana, a sus mesas de redacción. Quienes ayer apretaron el gatillo y segaron sus vidas desconocen que la risa es contagiosa por más que venga envuelta en lágrimas.

Ha sido en Francia, cuna de nuestra moderna libertad, donde ha aparecido otra vez el gusano infecto y estéril que pudre lo que toca, pero que nunca podrá matar del todo por más odio que le ponga. Porque ayer mismo, en las oficinas del Charlie Hebdo en París, se ha vuelto a leer entre tiros lo que se proclamó en 1789, cerca de allí, como Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano: que la libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más valiosos del hombre y que, por consiguiente, cualquier ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente y nadie debe ser incomodado por sus opiniones.

Este principio, este dogma civil, era la divisa de los periodistas que ayer murieron haciendo lo que mejor sabían: ejercer su libertad de expresión para provocar, inquietar o molestar al poder establecido y a las conciencias dormidas. Y todo con un fondo de fuerte humor inteligente, ese que nos libera anticipadamente de todo aquello que nos hace esclavos o víctimas.

 

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