26
May/2014

Hablábamos de Europa

Hay fenómenos a los que la vorágine electoral no suele prestar atención, como si sólo fueran de interés para académicos o estudiosos, y que, sin embargo, permiten explicar las tendencias y los resultados electorales. La bipolarización entre el debate interesado, propio del tacticismo que practican los partidos políticos, y el sentido de cada elección genera distorsiones que acaban pasando factura. Alejar del compromiso electoral la pobreza, la desigualdad, la pérdida de expectativas para la gente joven o las nuevas condiciones del factor trabajo, es naturalizar socialmente los temas que día a día padece la ciudadanía. Y, además, arriesgarse a convivir con fenómenos que, aunque se maquillen por parte de los gobiernos, pasarán factura. Sea bajo el reforzamiento de comportamientos conservadores o sea con la evidencia de que el actual discurso socialdemócrata está llamado al fracaso y, con él, el necesario contrapeso político en pro de la igualdad y la solidaridad. Las elecciones europeas han sido un buen test de ese clima: quienes se han empeñado en nacionalizar la campaña se han comportado o yendo contra el Gobierno de Rajoy, o defendiéndolo, o bien atacando el presunto bipartidismo -curiosa expresión que no es más que la concentración de voto que habla de las preferencias de los españoles-. En cualquiera de esas variantes, el diseño de sus campañas ha alejado a Europa del mensaje efectivo que dirigían a los votantes, algo que adquiere singular importancia por el alto coste cognitivo que para el ciudadano normal comportan los temas de la agenda de las instituciones europeas. Y sin embargo, hablábamos de Europa y, a pesar de la baja participación, de una abstención cada vez más activa y de la fragmentación parlamentaria, seguiremos haciéndolo. Que el resultado esté siendo interpretado en la misma clave en la que los partidos diseñaron sus campañas no llama a la sorpresa, pero es previsible que los conflictos actuales se profundizarán. Y esa huida hacia adelante sólo servirá para beneficio de las políticas conservadoras y para la bronca interna socialista.

19
May/2014

Políticos y sus lenguajes

Cualquiera que haya tenido que enfrentarse a un auditorio sabe que tal situación suele generar miedo escénico, sea por la responsabilidad de transmitir bien lo que se quiere decir, sea, simplemente, por la falta de práctica. Pero hay oficios en los que comunicar forma parte de su razón de ser; y ese es el caso de los políticos. Ser político habla de un experto en mensajes, cuyo saber proviene del conocimiento de los temas de la agenda social a partir del contacto con quienes los plantean, por un lado, y de su capacidad para facilitar acuerdos para resolverlos. Eso es lo que ha dado sentido, desde siempre, a unir la figura del político a la habilidad para comunicar. Porque es lo que históricamente ha conferido carácter distintivo a tal figura, y que actualmente le da una singular dimensión al encontrarnos en lo que los académicos llaman, por la importancia de los medios audiovisuales, democracia de audiencia o videopolítica. Y la historia de los temas públicos está jalonada de figuras que han dado buen ejemplo de esa habilidad; y el presente, también. De ahí que los debates electorales adquieran una dimensión demostrativa de la destreza de quienes concurren a las elecciones para transmitir mensajes y para movilizar, en su beneficio, electorados. Pero, para eso, hay que cumplir unas mínimas reglas: a nadie se le escapa que el reciente debate entre los candidatos de los dos partidos políticos españoles con mayor representación parlamentaria no puede compararse con el realizado por los cinco candidatos a presidir la Comisión Europea, precisamente porque los lenguajes que se emplearon se parecían más bien poco, en el fondo y en la forma. El recurso al papel preparado es siempre un recordatorio del escaso conocimiento de los temas por parte de quien los usa y el envaramiento en el lenguaje corporal -piensen en esos políticos siempre con los brazos cruzados- habla de actitudes defensivas. Y si a eso le unimos los temas decididos por quienes no se sientan a debatir -los famosos estrategas de campaña- nada más lejos de la seducción que, también, debe formar parte de la habilidad de un político.

12
May/2014

Chica con Glamour

La memoria de los humanos siempre es selectiva con lo vivido. No solo tiende a recordar unos acontecimientos frente a otros que son olvidados, sino que es fácil que la neblina del ayer dé paso a una nueva versión, generalmente más favorable o exculpatoria, de ese pasado. Pero tal proceder, con el que convivimos como individuos y como comunidades con recorrido histórico, es poco explicable cuando quien habla lo hace desde una posición que, de alguna manera, pretende generar apoyos o, simplemente, crear un estado de opinión. Porque en ese caso, lo interesado o lo no contrastable, fácilmente puede ser utilizado para apoyar prejuicios existentes, para afirmar interpretaciones banales o, sencillamente, para desviar la atención ganando, en cualquier caso, beneficio personal. Algo así ha ocurrido con César Antonio Molina al referirse al momento de su cese por parte del presidente Zapatero. Aludir a su sucesora en el Ministerio de Cultura -Ángeles González-Sinde- como la chica con glamour en la que pensaba Zapatero es un intento de reescribir su propio pasado: lo usual es que, cuando te nombran para un puesto de responsabilidad institucional, te digan qué esperan de tí en términos programáticos o de gobierno, no cuán valioso eres y cuánto te lo mereces. De modo que la competencia y la oportunidad que ejerce quien nombra se convierte en obvia cuando uno es beneficiado, pero suele pasar al capítulo del olvido o del ajuste de cuentas mediático cuando uno es cesado. Así, probablemente la banalidad que intenta reflejar Molina no adquiere forma concreta sólo en su cese, sino también en su nombramiento, sencillamente porque forma parte de las reglas del juego que retratan a líderes y culturas políticas. De ahí que lo razonable sea facilitar las salidas de los puestos de responsabilidad cuando le toca a uno, sacar enseñanza de todo lo que se ha vivido y pensar en otros proyectos. Porque si no, la herida del orgullo propio no se cierra, ni siquiera con la escritura de un libro. Aunque quizá radique en eso, en publicitar el último libro de un ex ministro, que él se haya acordado de una chica con glamour.

06
May/2014

Un camino que dé sentido a las elecciones

El inicio de la precampaña para las elecciones europeas no está siendo muy prometedor para el propósito que se le supone. Si su sentido original tiene que ver con el debate en torno a los diferentes programas de quienes concurren a ellas, no se aprecian, hasta ahora, propuestas para movilizar el voto informando de lo que está en juego. El simple dato de la estimación de participación no contribuye; y, además, sitúa a la ciudadanía que votará en una posición delicada: ¿qué sentido, más allá del compromiso individual con el ritual electoral, tiene hacerlo? Su valor como expresión de preferencias respecto a algo o a alguien se achica tanto que nos situará en un comportamiento más propio de sistemas electorales mayoritarios, que no es nuestro caso. Lo cual, irremediablemente, deslegitima todo el proceso electoral y cuestiona su sentido. Pero, ¿hay proyecto fuera de esa simbólica participación? El riesgo está en tener que aceptar que no hay proyecto ni participando ni sin participar; por ahora, el sentido de las elecciones está ausente porque el enfoque de las mismas se está planteando en clave nacional. Y todo ello mientras se socavan las bases que justifican la existencia de un gobierno de los bienes comunes europeos. Como si los gobiernos perseverasen en la destrucción de tejido social y no nos dejasen opinar sobre el alcance de tal cosa. Para eso, sí, unas elecciones se convierten en una excusa para la complicidad de quienes, al renunciar a su poder político, dan cobertura a los poderosos que viven mejor sin la ciudadanía. Se nos dice que Europa nos espera, pero queremos saber cuál es el proyecto para gobernarla social y políticamente. Y tal cosa es lo que toca ahora, no si revalidamos o negamos, de nuevo, al gobierno del PP. Hay mucha ciudadanía que necesita que le expliquen cómo dependemos de Europa y cómo no debemos desertar de esa arena política. Y esa didáctica no la podemos esperar de las 40 candidaturas que se presentan por la circunscripción española, muchas de las cuales serán ejemplo de que estamos enredados en el juego de la política nacional. Pero sería deseable que, al menos, de algunas sí.

29
Abr/2014

Elecciones europeas y guerra

Debo a Tony Judt, en su monumental obra Posguerra, la referencia a una declaración del gobernador del Banco Nacional de Bélgica en 1996, en la que Alfons Verplaetse afirmaba que «los europeos quieren estar seguros de que en el futuro no habrá aventuras. Ya han tenido más que suficientes». Creo que es oportuno recordar esta obviedad: el desafío inmediato de Europa no son sus elecciones sino la solución al conflicto de Ucrania. Es cierto que en el desempeño de las instituciones que conforman la Unión Europea se requiere legitimar el sistema y seleccionar quiénes han de ser nuestros representantes, pero no podemos tratar el conflicto con Rusia como si fuera algo marginal o ajeno al proceso electoral. Como hijo de quienes vivieron la última guerra civil española, puedo recrear la dinámica existente en aquel territorio e imaginar lo que debe ser pensar que uno tiene aliados pero que el juego de intereses impide que se comporten como tales. Algo así como lo que vivieron los republicanos españoles cuando tuvieron que asistir a la deserción de las potencias que consideraban aliadas y que, a la hora de la verdad, optaron por no mover un dedo ante lo que estaba ocurriendo en España en aquellos momentos. Así que ahora, con esos antecedentes, estaría bien escuchar a los diferentes contendientes en las próximas elecciones europeas acerca de sus particulares puntos de vista respecto al conflicto ucranio. Porque la evidente nacionalización, es decir, la pretensión de convertir las elecciones al Parlamento europeo en un examen preparatorio de las próximas legislativas españolas, será un recurso fácil ante la necesidad de la ciudadanía de seguridades. Pero sería mejor escuchar que existe un programa de las respectivas opciones políticas, sean de derechas, de izquierdas o alternativos, que, además de hablar de la agenda social o de cómo se diferencian de los demás, tienen algo que decir acerca del proyecto de Europa como actor geoestratégico. Y es ahí donde Ucrania debe ser una oportunidad para debatir sobre el futuro de la Unión pero, también, para garantizar la solidaridad internacional que en tiempos nuestro país no tuvo.

22
Abr/2014

Vigilar, controlar… y contarlo todo

En tiempos le pregunté a un experto penalista, con cátedra en una universidad andaluza, si era posible adoptar medidas, que no fuesen judiciales, para atajar el crecimiento del fenómeno corrupción. Me confirmó que lo que vivíamos en Andalucía no se daba en otros lugares, y la razón para explicarlo era el comportamiento de la propia Administración pública. Frente a nuestra tendencia a dejar que sea la judicatura la última frontera que actúe, otras Administraciones asumen que les corresponde la responsabilidad de vigilar y controlar en tanto que entidades que tramitan y transfieren recursos públicos. Quien da una licencia se cerciora de que, efectivamente, tal autorización se destina al fin para el que se aprueba y quien autoriza una subvención garantiza que los requisitos que deben ser cumplidos se ejecutan. Pero tales principios básicos, que formaban parte del quehacer de buenos funcionarios, pasaron a ser desechados conforme la propia Administración le daba patadas al modelo weberiano en que ella misma se basa: por un lado, permitiendo la llegada a los puestos de responsabilidad –que tienen que planificar, organizar y coordinar a esos buenos funcionarios– de personas que no participan de esa cultura porque su presente y, sobre todo, su futuro, no dependen de los principios de mérito y capacidad. Y, por otro, sustituyendo la inteligencia que se le supone a la Administración por alianzas externas de todo tipo –medios de comunicación, profesores universitarios, consultores, grupos de interés, …– que restan de cualquier sentido a la misión de la Administración de garante de bienes públicos. No creo que, por ahora, esta situación de desgobierno tenga arreglo; y no lo imputo en exclusiva al partido que viene gobernando desde el inicio de la andadura política de la Comunidad Autónoma. La razón es de más calado, porque las instituciones andaluzas no eran así hace veinte años; ni en el discurso de sus políticos ni en su desempeño. Creo que hay que contar más cosas para que la narración de lo que nos pasa en Andalucía no se reduzca a lo tópico, en este caso, las ineficacias de nuestros partidos políticos.

14
Abr/2014

Los gobiernos de coalición y sus partidos

No puede decirse que haya mucho parecido entre el actual gobierno de coalición del PSOE con IU y el que los socialistas mantuvieron en su momento con el PA. Ambos eran gobiernos de acuerdos, lo cual implica que en algún sentido hay beneficio para ambas partes, pero los perfiles de los partidos políticos implicados eran diferentes. Y no solo por la orientación ideológica de cada uno de ellos. El PA siempre ha sido un partido con mal encaje en un sistema electoral tendente al bipartidismo y en una sociedad andaluza de pocas veleidades nacionalistas. En cierto sentido, era cuestión de tiempo su desaparición. Pero no puede negársele que entendió muy bien que su beneficio partidario residía en la propia presencia institucional, en lo que de ocupación de puestos y rentas de situación tal hecho comportaba. Nada parecido con IU, tal como estos años de presencia en el gobierno de la Junta de Andalucía están demostrando. Pero, eso sí, allí donde la endeblez ideológica no aventuraba mucho futuro, aquí el pasado tiene una fortaleza que permite articular discursos ideológicos con capacidad de arrastre. Las bases sobre las que debe asentarse cualquier gobierno socialdemócrata -sea la igualdad o sea el bienestar material de los ciudadanos- podían perfectamente servir para componer la música que acompañase a una coalición de izquierdas. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría con el PA, el fundamentalismo comunista y su negativa visión de la socialdemocracia comportaban, de partida, un riesgo para cualquier proyecto de coalición. Si para el PA participar en el poder era permanecer en las instituciones, para IU gobernar es diferenciarse ideológicamente; algo que, forzosamente, impregna de tacticismo cualquier acción de gobierno. Así que, ante la situación en que se ha instalado la Junta de Andalucía la semana pasada, queda preguntarse por la ingenuidad que ha llevado al enredo de aceptar que se pusiera en cuestión la autoridad de la presidenta de la Comunidad Autónoma. Y, de camino, por cómo piensa recomponer el PSOE, en términos programáticos, su perfil socialdemócrata.

08
Abr/2014

Un nombre para ocultar el desajuste electoral

Uno de los principios que mide la transparencia de un sistema electoral es la capacidad de la ciudadanía para personalizar su voto. Esto quiere decir que quien decida ir a votar puede entregar la papeleta que formaliza su preferencia política señalando a la persona en quien deposita su confianza. Sabemos que tal cosa no encaja bien con las listas cerradas y bloqueadas que, salvo para el Senado, es el procedimiento que decidieron nuestras élites como norma para el sistema electoral español. Tal hecho ha sido señalado reiteradamente como algo que debería ser revisado por nuestro legislativo y se ha convertido en una de las reivindicaciones de quienes quieren mejorar el funcionamiento de las instituciones políticas. De ahí que la aparición de experiencias de elecciones primarias para seleccionar candidatos haya sido bien recibida, aunque comporte zonas de sombra tanto para los académicos que se ocupan de temas electorales como para quienes se han atrevido a llevarlas a cabo. La reciente experiencia de los socialistas catalanes para la elección de su candidato a la alcaldía de Barcelona, convertida en una votación mayoritaria de no afiliados, ha recordado los riesgos que conllevan estas iniciativas en cuanto a efectos no deseados. Pero en este escenario de búsqueda de mejores procedimientos electorales y de funcionamiento de nuestros partidos políticos, llama mi atención que se haya denunciado, de manera crítica, que el PP no haya presentado un candidato a las elecciones europeas. Hay un cierto componente cínico en tal crítica cuando el tono general viene marcado por listas cerradas y bloqueadas. Y lo es, especialmente, cuando quien puede influir para que se produzca un cambio en nuestra ley electoral y en el funcionamiento de los partidos no ha movido un solo dedo en ese sentido. Así que, preocuparse por si el PP nombra o no candidato no deja de ser una excusa coyuntural para no entrar en el asunto de fondo: está pendiente que pueda ser mi voto, como ciudadano, el que de verdad decida, ante los diferentes programas políticos, qué personas los pueden defender mejor.

01
Abr/2014

La decisión política y su sentido

La historia del hotel El Algarrobico nos recuerda cómo hubo un tiempo en que la decisión de facilitar su construcción o de ponerla en cuestión determinó el devenir de los acontecimientos. Y cómo las personas que estuvieron detrás de la misma dejaron bien claro su sentido político según sus particulares perspectivas. Creo que el papel de Cristina Narbona como ministra de Medio Ambiente queda bien retratado con su afirmación, respecto a dicho hotel, de que «lo que ha faltado es, en muchos casos, la voluntad política de cumplir y hacer cumplir las respectivas obligaciones administrativas» (El Huffington Post, agosto de 2012). Algo que contrasta con la actitud que mantuvo la consejera de la Junta de Andalucía responsable de medio ambiente cuando, por su parte, declaró «me parece un horror, pero es legal» (El País, mayo de 2006). No estaría mal recordar cómo fue la determinación del ministerio que dirigió Narbona la que hizo que el expediente de derribo de El Algarrobico saliera adelante. Y tampoco estaría mal revisar cuánto se ha dejado de hacer por mor de visiones impropias de un responsable público, alejadas de la sostenibilidad y el compromiso con el medio ambiente andaluz. Así que ahora, cuando de nuevo esas extrañas, y posiblemente nunca casuales, decisiones de la Justicia, ponen en cuestión la ilegalidad del emplazamiento hotelero, sea el sentido de la decisión política lo que se sitúe en el centro del debate. Frente a la tópica reivindicación de la creación de empleo que vienen manifestando los representantes municipales de la zona, especialmente el ayuntamiento de Carboneras, o frente a la ambigua expresión de promover la construcción sostenible que repite la presidenta de la Junta de Andalucía, convendría recordar que no es fácil conciliar algo y su contrario, ni siquiera en política. Y que, por eso mismo, El Algarrobico debe ser una oportunidad para reivindicar el sentido de las decisiones políticas, en este caso la defensa de los bienes públicos. No vaya a ser que parezca que es mejor dejar a los jueces que, con sus fallos, ocupen el espacio de los políticos.

25
Mar/2014

16 por ciento

Ese ha sido el porcentaje de alumnos de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla que ha participado en el proceso electoral para decidir quién sería la persona que ocuparía la responsabilidad de delegado general de estudiantes. Una cifra que queda lejos del 45 por ciento que se produjo en las últimas elecciones europeas, del casi 70 por ciento de las últimas legislativas, del 62 por ciento de las últimas elecciones al Parlamento andaluz o del 66 por ciento que se registró en las últimas municipales. Sin duda, un bajo porcentaje de participación, que, sin embargo, ha sido valorado positivamente por el responsable universitario de tal evento al señalar que la participación en este tipo de elecciones se sitúa entre el 7 y el 10 por ciento en otras universidades. Es difícil no interrogarse acerca de esa cifra porque estamos hablando de personas jóvenes en proceso de formación, con información acerca del sentido de la representación y que, presumiblemente, conocen el alcance de disponer de una figura institucional que medie entre sus intereses y el equipo rectoral de la Universidad. Una primera respuesta a esa baja participación podría ser el desinterés; algo que, inmediatamente, enlazaría con otras cuestiones –no es relevante a efectos prácticos la figura a elegir, por ejemplo–. Otra, más radical, podría ser que hay rechazo al procedimiento utilizado; algo que, por su parte, conectaría con posiciones que ven en las reglas del juego democrático más un proceso de alienación que de representación. Sin embargo, cualquier posible explicación remite a la renuncia al ejercicio del poder político individual. Creo que es mucho lo que, en términos de bienes públicos, se puede hacer desde cualquier institución, por limitada que sea –la Universidad no deja de ser un espacio temporal en la vida de los jóvenes que la frecuentan–, antes que renunciar a la capacidad de opinar e influir. Por todo eso considero que hay otra línea de reflexión a plantear: la que se pregunta si la Universidad ejerce su responsabilidad en el aprendizaje de valores de convivencia democrática, algo que implica, además de a los alumnos, a sus profesores.